Muérdago

Llegado el tiempo en el que reinaba la Madre del Aire, ese tiempo frío y húmedo, de días cortos y grises y noches largas llenas de sombras y misterios, Muérdago solía adentrarse al fondo de la cueva. Rodeada de los pequeños tesoros que había ido encontrado en la estación luminosa cuando todo tenía vida y el calor hacía vibrar el cuerpo. A sus pies conchas, piedras, ramitas, plumas que ella veía llenos de posibilidades, un collar, un adorno, una herramienta …Le gustaba examinarlos y buscarles utilidad. Era observadora, una inventora podríamos decir o incluso una ingeniera. En la tribu estaban acostumbrados a sus silencios y la dejaban a su aire puesto que de sus observaciones siempre sacaban provecho, alguna nueva forma de aliviar sus quehaceres. Una ingeniosa forma de transportar el grano o los frutos que recolectaban, algún medio para conservarlos, como trenzar con mayor rapidez las fibras con las que elaboraban el rudimentario tejido que usaban para vestir en la estación cálida…y muchas otras cosas que les habían hecho la vida más sencilla.
No era una hábil cazadora. No gustaba de correr tras los grandes mamíferos ni tenía la suficiente fuerza para blandir una lanza, ni la rapidez para lanzar las pequeñas flechas que solían usar en sus caceriías, sin embargo era fantástica ideando trampas para pequeños animales y muy astuta buscando el lugar de paso donde colocarlas. Tenía una inmensa paciencia para obtener de las plantas que conocía todos sus beneficios. Sabía mezclarlas y elaboraba ungüentos y aceites con ellas con los que aliviar los males de sus vecinos.
Conocía el paso de las estaciones y el momento exacto para recolectar cada grano, cada fruta, cualquier hierba o raíz. Podía guiarse según la posición de las estrellas en el cielo nocturno y se sincronizaba con el ciclo lunar.
Era capaz de ayudar en los partos de su tribu y de curar heridas o malestares. Tenía el don de escuchar y aliviar con sus palabras a quien se acercaba a ella buscando consuelo. Por todo ello Muérdago era querida y respetada en su comunidad, desde los ancianos más venerables hasta los pequeños. Jamás desperdiciaba una ocasión de aprender algo nuevo o de poner en práctica lo aprendido. Escuchaba con avidez las palabras de los más mayores atesorándolas y oía con curiosidad a los más pequeños puesto que sabía que ellos tenían una conexión mágica y limpia con los elementos y siempre veían más allá.
Era durante este tiempo de quietud, cuando tenían que pasar obligados tantas horas juntos en el cálido resguardo de la cueva que solían avivarse pequeños roces y disputas entre ellos. Por cosas sin importancia, comentarios o miradas mal entendidas, deseos de poseer cosas de otro o incluso por el espacio a ocupar, cualquier cosa derivada de la convivencia diaria. Y llegado este momento Muérdago siempre ideaba “ocupaciones” para todos los miembros de su clan que podrían desempeñar juntos en comunidad y hacer el tiempo más llevadero. Enseñaba a jugar con piedrecitas y ramitas a ir contándolas, separándolas, clasificando por color, tamaño, forma… Proponía hacer representaciones de diversos animales en las paredes de la cueva, o símbolos o escenas de caza pintándolas con ocres naturales, con carbón y con su sangre. Otras veces se reunían alrededor del fuego comunal y contaban historias de los ancestros, de sus partidas de caza, de otras tribus vecinas de cosas divertidas que les habían sucedido o de cosas tristes de las que guardaban memoria para aprender y que no les volviera a pasar.Cualquier cosa era buena para pasar el tiempo y tener ocupadas las mentes y evitar así enfrentamientos que no llevaban a nada.
Pero ella notaba un vacío interior, cómo si le faltara algo propio. Algo evidente pero que no lograba ver…
Pasó mucho días y muchas noches en la cueva, en la penumbra del fondo pensando en sus anhelos, en esas cosas que sólo ella entendía, que no podía explicar con las parcas palabras que utilizaban. La tristeza empezó a apoderarse de ella, no entendía qué le estaba sucediendo y su gente, que la conocían bien comenzaron a preocuparse por ella. No sabían de qué forma ayudarla. Siempre pensaron que ella podía resolver todo…
Un día una de las mujeres abrió la piel con la que tapaban la entrada de la cueva para refrescar el aire viciado del interior y por ahí se coló una corriente de aire frío, helado. Un viento que llegó hasta el fondo de la cueva donde Muérdago dormitaba bajo una piel curtida con esmero, de un saliente de la roca había colgado una ristra de conchas que había engarzado a una cuerda de esparto trenzado con la idea de hacer collares para adornar sus vestidos. Las conchas comenzaron a chocar entre ellas y produjeron un sonido. Ella comenzó a despertarse y con asombro miró las conchas y el aire nuevamente las movió y volvieron a entrechocar y a sonar. Su corazón dió un vuelco, qué era aquello? Al levantarse, sin querer, tiró una calabaza hueca en la que había ido guardando semillas y descubrió que también emitía un sonido. Los pequeños que miraban la escena comenzaron a reír al ver la cara de asombro de Muérdago y ella descubrió que en las risas había también sonido. Entonces comenzó a experimentar con todo cuánto estaba a su alcance intentando sacarle sonido. Percutir maderas unas contra otras daban un sonido sordo, casi como el trueno de la tormenta. El viento en el profundo cuerno de un toro era como el bramido del animal, las ramitas huecas al soplar en ellas daban un sonido agudo…todo , todo, todo tenía un son. Y ella comenzó a agruparlos, a ordenarlos, a darles forma y pronto pidió la colaboración de su tribu, de su clan de esas personas que habían convivido con ella. Sus voces cada una daba un sonido diferente! Y comprendió que era eso lo que estaba buscando.
De todas las cosas a su alcance se desprendía un sonido interior. El espíritu de todo. Y combinando ese sonido con otros diferentes a tiempos diferentes o al unísono descubrió la música! Entendió que aquello era magia pura! Una forma de aliviar el alma y la mente. Podía expresar a través de esos sonidos sus estados de ánimo, el miedo, la calma, la prisa, la alegría, la alerta…y ante ella se desplegó todo un mundo de posibilidades y de creatividad. Enseñó a su tribu a encontrar el sonido propio de cada uno, las diferentes melodías rudimentarias pero absolutamente maravillosas con las que podían comunicarse. Aprendieron a crear ritmos para cada ocasión y llenaron la cueva con esa magia. Los largos días del invierno se vieron aliviados y crearon las rutinas musicales para sus encuentros y sus ceremonias.
Muérdago sintió que la Madre del Aire les había dejado el hermoso regalo de la música, la canción del invierno que llevaba consigo la promesa de la luz. Y fue consciente de cuán grande era la vida y cuán pequeños eran ellos. Y así se sentó junto a la hoguera en su rincón de la cueva y unos brazos robustos la abrazaron y susurraron unas poquitas palabras que a ella también se le antojaron música y en la risa compartida encontró otra melodía.

Serpa Yule 2024

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