Laia, Un cuento de Imbolc

 

Laia-

Miraba el bonito color violeta que el cielo iba tomando en este atardecer de finales de enero. Algunas nubes se recortaban en el horizonte sobre las montañas que dejaban volar su imaginación, convirtiéndolas en una bandada de aves que volaban libres en busca del sol con sus grandes alas extendidas, rompiendo así la hegemonía del paisaje. Desde el banco, al que solía acudir casi a diario, tenía esa perspectiva del valle que la hacía sentir humilde y pequeña, pero poderosa y fuerte a la vez. Adquirió la costumbre de sentarse ahí desde hacía muchos años, cuando era joven y la vida se le antojaba una aventura llena de misterios; ahora sabía que tan solo era un paseo. Descubrió ese banco, ese lugar por casualidad, o no, una tarde de finales de un enero frío y lluvioso como este, cuando comenzó a seguir a un pequeño gorrión que parecía invitarla al paseo. Siguió curiosa al pajarillo que de tanto en tanto se paraba y miraba hacia atrás como para asegurarse de que ella lo seguía. Daba pequeños saltitos sobre el frío suelo de piedra y levantaba el vuelo casi rasante y así la fue guiando hasta la parte de atrás de la iglesia del pueblo, hasta ese jardincillo que separaba el edificio de piedra antigua del precipicio donde se encontraba situado el banco de piedra gris y fría en invierno y resguardado del calor gracias a la sombra de un tejo milenario. Era el único banco de aquel jardín y destacaba porque estaba hecho de una sola piedra muy diferente a la de la iglesia y a la de la tapia donde se alzaba la verja de hierro. Era peculiar, sin duda, y de él emanaba una extraña fuerza que no percibía todo el mundo, pero que ella notaba igual que los animales. Dependiendo de la estación allí podía encontrar pajarillos, reptiles, insectos, gatos, perros, incluso alguna vez se había encontrado un rebaño de cabras y ovejas pastando en la pared del barranco. El lugar poseía una energía mágica, casi hechizante.

Fue en el momento de cruzar la puerta adjunta a la verja que rodeaba el edificio que sintió una sensación extraña y le vino a la mente su abuela, su yaya Eulalia, madre de su madre.

La llamaron Eulalia por ella, aunque ella siempre la llamó Laia y los demás con el tiempo también comenzaron a llamarla así. Se sentía cómoda con ese nombre y lo pronunciaba muchas veces en soledad para sí misma, para sentir como esas cuatro letras bailaban en el aire y hacían una música rasgando el silencio como un silbido, como el vuelo de una flecha certera que busca un objetivo. Era un sonido que atravesaba su mente y la electrizaba. Laia, Laia, Laia… lo oía en su interior como si alguien desde algún lugar lo estuviera susurrando y ella, solo ella, fuera capaz de escucharlo. Y aquella tarde allí lo oyó claramente entre las ramas del tejo. Una voz dulce la llamaba desde algún lugar que no podía precisar. Su nombre se perdía transportado por el viento en esas viejas ramas.

Perdió de vista al pajarillo y entró como en una ensoñación y recordaba en su mente las palabras de su abuela: “Laia, estate atenta a las señales, recibirás muchas, muy diferentes, pero todas son importantes. Aprende a interpretarlas, ponlas en contexto, busca su lugar y su porqué. Y podrás encontrar el camino”. En seguida se quedó fascinada por el sitio. Sentía que la transportaba a otro tiempo, las viejas piedras le hablaban de otras vidas, de otras gentes y al sentarse en el banco de piedra entendió que pertenecía a ese mundo particular que justo estaba comenzando a descubrir. 

Al principio, en su infancia, quiso compartirlo con otros niños como ella y los llevaba a jugar allí, pero ninguno sentía lo mismo que ella, ni veía los mismos colores, ni oía las mismas voces. Pronto sus amigos dejaron de querer acompañarla, no era más que el jardín del cura y no era un lugar muy apetecible por la proximidad del cementerio al otro lado de la tapia, le decían. Sus padres también le dijeron que no fuera fantasiosa, que dejara de contar esas historias o le quitarían los libros de misterio que tanto le gustaban y no se los dejarían leer. Pero su abuela, no; no la juzgó jamás, no le prohibió nada y mucho menos volver; no le preguntaba con ánimo de sonsacar, sino con verdadera curiosidad, pero con cautela y siempre sin la presencia de nadie más.

Entendió que no podía compartir con nadie esa experiencia, al menos de momento. Así se lo aconsejó su yaya y en ella se refugiaba cuando se sentía perdida e incomprendida. Y siguió visitando el lugar durante todas las etapas de su vida, que habían sido muchas, y allí descubrió un mundo paralelo al suyo, al nuestro, lleno de magia. En su adolescencia llevó  a sus primeros amoríos con las hormonas a flor de piel y la esperanza de encontrar a alguien que tuviera la misma percepción que ella. En aquel momento aún creía que lo extraordinario era el lugar, con el paso del tiempo se dio cuenta de que no era así y dejó que fluyera sin darle mayor importancia. Aprendió a disfrutar de los primeros besos y las primeras caricias y no se preocupó de ir más allá. Algo le decía que el momento llegaría. Aunque cuando más disfrutaba de su rincón especial era en soledad, se llevaba un libro, deberes del colegio, trabajos de la universidad o simplemente por puro placer de pasar allí las tardes, las horas. Se creó una fama de rara, de solitaria, de feminista, casi una libertaria. Siempre andaba luchando contra las injusticias y no toleraba la sumisión. Vestía de forma desenfadada, camisetas con eslóganes provocadores, jeans desgastados por el uso y solía llevar su melena al aire desenfada, a veces la recogía sobre la nuca con un lápiz o un bolígrafo y, sin ser glamurosa, era sumamente bella. Sus profundos ojos marrón chocolate, curiosos y dulces, recordaban a los de una cierva. A través de ellos veías la vida.

Estudió veterinaria, pues desde siempre tuvo una relación especial con los animales. Le gustaba observarlos y se preocupaba por ellos. Era su vocación y ese don natural la ayudó mucho. Cuando podía regresaba al pueblo, a su casa, al banco de piedra y sentía que allí recargaba su energía y canalizaba sus emociones. Las conversaciones con su yaya pasaron a ser fuente de información de su familia y de antiguas costumbres que con el tiempo se convirtieron en pequeños rituales, entre ellas dos. Adquirió conocimientos de recetas, de ungüentos, de hierbas, de fechas, de la luna, de las estrellas, de los ciclos solares, de sus propios ciclos. Podían hablar sin complejos y sin tapujos de cualquier cosa, del despertar de su cuerpo y su sexualidad, de política, del tiempo, de religión, de hombres y países lejanos y exóticos que les apetecía conocer. Eran como dos amigas y la sensación de libertad que sentía estando con ella había formado tanto su carácter que a veces se veía como un reflejo suyo en un espejo. Imaginaba cómo habría sido la yaya Eulalia de joven, nada que ver con su madre, tan recatada, tan correcta. Siempre le decía: “Laia, las señales. Laia, a su debido tiempo. Laia, observa, respira, ponte contra viento para que no te olfateen, tensa tu arco y dispara sobre tus propósitos sin miedo, con confianza y valentía. Laia, un día yo no estaré, pero tú tendrás el carcaj lleno de flechas cargadas de intención y el morral lleno de recetas y remedios que sabrás utilizar con presteza”. Y aunque Laia no lo creía ese día llegó: una mañana su madre la llamó, en seguida supo que algo no iba bien. La llamada no era habitual a esas horas. La yaya Eulalia había cruzado al Misterio. Su llama se apagó de noche con los últimos silbidos de un viento frío del norte. Los días que siguieron fueron duros, pero los vivió como un tributo a Eulalia, veneró todo lo aprendido con ella y fue entonces cuando empezó a tomar conciencia de la importancia que tenía. La enterraron por la mañana, en el pequeño cementerio de la iglesia, junto al jardincillo de su  banco. Cuando acabó la ceremonia decidió ir allí dando un paseo, recordando que hacía tan solo un par de semanas habían estado allí juntas viendo el atardecer que tanto les gustaba. Se sentó en la fría piedra y mansamente por sus mejillas comenzaron a resbalar lágrimas tibias y saladas que no eran de dolor sino de gratitud. Se sentía tan afortunada por haberla conocido, por haber aprendido de ella, por haber escuchado de su voz esas historias sin igual que le habían hecho pensar en tantas cosas y que le habían marcado la vida y el carácter. Podía escuchar su nombre susurrado por las ramas del tejo y se dejó llevar a la ensoñación nuevamente como tantas y tantas veces. Entonces vio a Eulalia vestida con una túnica blanca y un manto que la arropaba en medio de una aldea llena de vida con cabañas de piedra y techos de brezo de las que salía humo por los fuegos encendidos donde otras mujeres se afanaban en cocinar o lavar toscas prendas de ropa; vio hombres, mujeres y niños, animales y el banco en el que estaba sentada que no era un banco, sino un altar en el que habían dispuesto ofrendas del pueblo. Había frutos secos, recipientes de barro con leche de las ovejas que estaban amamantando y miel de alguna colmena de finales del verano. Habían hecho cruces con fibras naturales que simbolizaban los ciclos naturales y tenían un fuego en una lucerna de aceite. Era un altar de gratitud por el nacimiento del ganado que suponía el sustento de aquella gente. Eulalia estaba allí de pie ante el altar, su cabello gris por el tiempo y la sabiduría acumulados recogido en un moño alto del que escapaban algunos rizos rebeldes; colgado del cuello, un collar hecho de huesos y plumas y a su cintura un cuchillo con el mango de asta de ciervo. Estaba realmente imponente, majestuosa. Con su voz potente, pero dulce estaba hablando a la gente de aquel poblado que la escuchaba con atención y Laia comprendió que Eulalia, su yaya, era una sacerdotisa, por eso emanaba esa seguridad y conocía tantas cosas, por eso era capaz de compartirlas con tanta naturalidad y tanta cercanía, por eso se anticipaba a sus preocupaciones y sus dudas. Laia sintió aún más gratitud, su corazón se llenó de esa alegría silenciosa que te reconforta y te sostiene. Entendió que la magia no estaba solo en el lugar donde se hallaba, sino en su línea materna, recordó como la abuela le había dicho que ese don tenía que aceptarlo y cuidarlo, cultivarlo y hacerlo crecer en su interior para poder ejercer su poder con honestidad y justicia, aunque ella no supo entender en ese momento a qué se estaba refiriendo. Vio cómo en un momento del discurso Eulalia la miró desde el otro lado del misterio, con la dulzura y la seguridad de sus ojos marrones de cierva y en esa mirada comprendió cuánto amor le había regalado, en cada tarde compartida, en cada puesta de sol, en cada merienda y cada risa. Despertó de su sueño al escuchar los graznidos de una bandada de cisnes que cruzaban el cielo buscando otras latitudes, las lágrimas se habían secado en su rostro y le escocían los ojos. Aquella noche en casa, tras la cena familiar, decidió que se iría de viaje como aquellos cisnes. Como tantas veces habían planeado juntas la yaya y ella. Así lo hizo, ligera de equipaje, viajó a muchos lugares, conoció gentes y costumbres distintas y encontró en cada lugar a una Eulalia diferente exteriormente, pero llena de la misma esencia que su yaya. Mujeres valientes con vidas duras y plenas. Dispuestas siempre a dar lo mejor de sí mismas sin pedir nada a cambio. Compartiendo su sabiduría y sus dones con la generosidad que da la vida. Cazadoras de otras mujeres dispuestas a seguir un sueño o un pequeño gorrión. Mujeres que disparaban las flechas de su carcaj para que una  puesta de sol o la sombra de un viejo tejo o el canto de un ave tuviese más significado y valor que cualquier cosa material. Arqueras del alma de otras mujeres más jóvenes a las que entrenar en silencio y con dedicación para que todo lo aprendido quedase grabado en la memoria y no se perdiera jamás.

Pasó mucho tiempo y volvió de nuevo al jardín del cura, al banco de piedra y se sentó a disfrutar de la puesta de sol de finales de enero que teñía el cielo de un precioso color morado y contempló las nubes que se le antojaron aves volando sobre las montañas y se dejó vencer una vez más por la ensoñación que la llevaba nuevamente a ese lugar y a la sonrisa cálida de Eulalia, su yaya.

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