La Muerte no tiene vacaciones
Se había sentado la Muerte con una taza de té chai caliente, dulce y muy especiado en su viejo sillón. Corría el mes de noviembre ya y el viento frío azotaba los cristales de las ventanas del viejo caserón en el que vivía desde hacía unos siglos. Aquí tiene mucho espacio para ella y los fantasmas que suelen aparecer por temporadas, a algunos les cuesta encontrar el camino de vuelta a casa, otros se encariñan con ella y otros tienen tantas cuentas pendientes que no saben ni por dónde empezar… hasta que comprenden que eso no tiene ninguna importancia, ningún sentido ya. El caso es que suele tener muchas visitas y el espacio es importante.
Sentada con su taza entre las frías y huesudas manos, reflexionaba sobre su trabajo y cómo ocupaba todo su tiempo. No tenía descanso, no conocía lo que se siente al no tener que trabajar un día. Y, sin embargo, sentía que estaba en Paz, su trabajo era importante, duro y sin sentido a veces, pero importante. Viajaba a cualquier parte del mundo, había llegado antes que nadie a todas partes sin atribuirse el mérito. Entraba en los palacios más lujosos y en las más humildes moradas. Bajaba a los pozos y a las cuevas más profundas y podía subir a las cimas más impresionantes sin sentir esfuerzo para encontrarse en esos lugares con quien la estuviera esperando. Se había sentado a la mesa de personas ilustres y también de gentes humildes. Con hombres y mujeres de bien y con seres pérfidos, malvados, sin escrúpulos y todos se habían rendido a sus razones. También visitaba a seres que eran considerados mascotas, qué curiosa palabra, significa que da buena suerte. Se popularizó a partir de una ópera francesa y se adoptó para nombrar a los animales que hacen compañía al ser humano. A ellos también se los tiene que llevar, aunque la mayoría se queda con sus compañeros, mal llamados dueños, pero alguno tiene correteando por la casa y haciendo las delicias de algún infante o joven que no sabe hacia dónde ir. En fin, es consciente de que se mueve por todos los reinos, poniendo fecha y orden al paso finito de todos los seres por este plano del Misterio.
Con estas cavilaciones estaba, contemplando el movimiento hipnotizante del fuego cuando uno de sus compañeros fantasmas, que en otro momento de su existencia ejerció de secretario de una gran multinacional y seguía conservando el amor por el orden y las clasificaciones, interrumpió sus pensamientos y le dijo:
-Muerte, te llaman de la casa de José, el artesano de los dulces, parece urgente.
La Muerte se levantó con parsimonia, recordaba a José de otras ocasiones. Se puso la túnica gris de cada día y cogió su báculo, ¡no una guadaña, la memoria popular lo tergiversa todo!
Salió al atardecer frío, casi noche ya, y viajó hasta el hogar de José. En la pequeña casa estaba su familia, mujer, hijos, nietos y algunos vecinos cercanos. Cuando llegó escuchó las mismas frases de siempre: “qué frío de pronto, qué silencio extraño, qué cambio de luz…” Esos eran los síntomas que despertaba en quienes aún no habían sentido la llamada.
Pasó por el salón donde estaba la gente y se dirigió a la habitación del hombre que, al verla entrar, se sonrió con alivio y le habló así:
-Hola, vieja amiga. Veo que hoy te has puesto la capa gris de las grandes ocasiones. Entonces hoy sí que es el día.
-Hola, José. Hoy sí debes acompañarme.
-Lo sé, recuerdo la primera vez que te vi. Ibas vestida de blanco y me acompañaste durante tres largos días con sus noches. Mis padres estaban desesperados. Pero tú me decías que solo estabas allí para hacerme soñar. Cuando la fiebre remitió tú ya no estabas. Tiempo después volvimos a vernos cuando me caí del carro en el que transportaba mis dulces y las ruedas me pasaron por encima, dejándome esta cojera que me ha acompañado hasta hoy y un golpe en la cabeza que me sumió en un profundo sueño. Tú volviste a visitarme, también vestida de blanco y nuevamente me tranquilizaste, aún no era el momento. En mis ensoñaciones podía escuchar a mi esposa llorando y a mis hijitos pequeños que no entendían por qué no me despertaba y qué hacía tanta gente en nuestra casa, pero tú nuevamente me tranquilizaste y cuando desperté ya no estabas.
La muerte lo miraba compasiva y dejaba que hablase, pues eso le hacía bien al alma y le daba la serenidad que se necesita para cruzar el Velo sin dramas.
-Alguna otra vez te he visto, pero de lejos, en casa de algún conocido, en los caminos que transito con mi carro, en cuadras y patíbulos, pero tú no has reparado en mí. Sin embargo, hoy te estaba esperando. Libera mi cuerpo de este dolor insoportable que siento. He tenido una larga vida, dura en ocasiones, pero me he sentido feliz y privilegiado. Mi familia me quiere como yo a ellos y tengo muchos amigos que así mismo me respetan y aprecian. Creo que marchar será triste, pero es el momento; mi cuerpo, amiga mía, no puede más.
-José, levántate y acompáñame afuera. No cojas ropa, no la vas a necesitar, cobíjate en mi manto.
La Muerte lo tomó del brazo y lo acompañó fuera de la habitación, pasaron entre sus seres queridos, amigos y vecinos, pero nadie los vio. Él los saludaba y se ponía frente a ellos levantando la voz y gesticulando, pero ellos no lo veían. Alguno notaba un escalofrío si él los tocaba o le parecía percibir su olor. Pero no podían verlo y pasados unos momentos de desconcierto por fin entendió. Miró a la muerte y supo que ya estaba al otro lado del Misterio y entonces ella le dijo:
-Mi trabajo era traerte hasta aquí, José. Ahora tendrás unos días para aclimatarte a tu nuevo estado. Podrás decirles adiós de alguna forma que ingenies: un suspiro, una caricia furtiva, un golpe o un romper algún objeto. Ellos van a saber que eres tú en tu nuevo estado y lo aceptarán. Cuando por fin devuelvan tu cuerpo, la cáscara vacía, a la Madre, tu guía vendrá a buscarte y comenzarás el camino de vuelta a casa. Tenerte tanto tiempo en mi lista ha sido un honor. ¡Buen viaje!
Y allí quedó José un tanto aturdido, pensó que iba a sentir un gran dolor y no fue así, creyó que todo estaría frío y oscuro y no era así, y que sentiría mucho miedo y una gran tristeza, pero tampoco eso sucedió. Lo único que sentía era algo como una paz, una calma extraña, casi euforia. También desconcierto, puesto que podía hablar, pero no le oían y, sin embargo, él escuchaba perfectamente a todos. Eso le dio un poco de pena porque veía el dolor y el sufrimiento de quienes le habían querido, pero también la maldad y la codicia de personas que se decían sus amigos. Se dio cuenta también de que las cosas que le habían rodeado siempre habían cambiado de color, el mundo en general era de colores diferentes, muchas veces como de fantasía y los olores eran muy penetrantes. Ahora estaba en un mundo diferente y, aunque conocido, sentía que ya no era su mundo. Poco a poco comenzó a ver también a gentes que, como él, habían cruzado el Velo y estaban en su misma situación, y comprendió que ese era el camino de partida hacia su nuevo destino. Entendió las palabras de la Muerte y se quedó en lo que había sido su casa con su familia, esperando a quien debía venirlo a buscar. Durante los tres días que siguieron vio cómo preparaban su cuerpo, lo lavaron, lo afeitaron, lo vistieron con el traje que usaba en las ocasiones especiales y lo depositaron en una caja de madera que hacía mucho tiempo había pagado (siempre previsor, como le enseñaron sus padres). Comprobó como una larga comitiva de vecinos amigos, familiares y allegados venía a darle el último adiós y las condolencias a la familia, algunos de corazón, otros como pura formalidad y otros (los menos) por puro interés. Compartió con su amada esposa, compañera de mil aventuras, las últimas noches en su cama y pudo sentir el dolor del amor verdadero y lloró de agradecimiento por haber compartido el camino con ella. Disfrutó de las últimas comidas alrededor de la mesa familiar con sus hijos, yernos, nueras y nietos que tantas alegrías le habían regalado. Escuchó anécdotas pasadas y planes de futuro que no podría ver y se emocionó con todo ello. Lo tuvo claro, la vida continuaba sin él y él continuaba en otro lugar del Misterio. Así era desde el principio de los tiempos y así seguiría siendo…
Al tercer día descubrió una luz brillante que atravesaba la pared de la habitación era como una puerta de luz y desde el otro lado le llamó un coro de voces, todas en un perfecto armónico. Se dio cuenta de que era el momento de avanzar. Se había tendido en la cama con su esposa, ella dormía profundamente esa noche y cuando él hizo el gesto de incorporarse, aunque era completamente incorpóreo, ella se despertó y dijo su nombre.
-José, mi amor, ¿te vas ya?
Él posó sus labios en la frente y tiernamente la besó. Ella sintió un escalofrío y supo que sí, José se había ido.
Y mientras cruzaba al otro lado, pensó: “La Muerte no tiene vacaciones”.
SAMAHIN 2025 SERPA

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