Mirando a la Muerte

Aquí estoy oteando el horizonte, el aire es húmedo y fresco, la luz del sol es ya tan tenue que los últimos rayos tiñen de malva el cielo de este atardecer corto. Tan corto que se me antoja ya noche cerrada.
Llevo días notando el efecto del cambio horario en mi mente y por tanto en mi cuerpo. Sé que me tildaréis de loca pero a mí me regenera esta oscuridad paulatina. Tal vez es una reminiscencia ancestral o una fatiga crónica, lo cierto es que me encanta esta época del año con sus días efímeros y sus noches densas.
Preparo mi cueva interior, barro desde el fondo y saco lo acumulado, me deshago de lo que he acumulado queriendo y sin querer. Intento alejarlo de mí y de la entrada a la cueva. Saco brillo a mis espejos, que me ayudarán a reflejar la luz que creo guardar en el interior y a proyectarla cuando haga falta. Preparo mis ungüentos, mis hierbas, mis conservas, libros pendientes, agujas, hilos, labores y proyectos, pues el tiempo es largo y hay que ocuparlo…
Aspiro el aroma del té chai que me calienta, me acomodo en el sofá desde donde estoy limpiando mi cueva y me doy un descanso. Tanto sacar y preparar es cansado. Miro por la ventana y empieza a caer una lluvia algo intensa. Me alegro de estar a cubierto, sorbo un poquito de mi té y cierro los ojos perdiéndome en su sabor intenso y especiado que me hace soñar… Me decido a descubrir nuevas galerías de esta “cueva” tan archiconocida como inexplorada. Os confieso que entro con miedo, ¡lo desconocido me aterra! Pero entiendo que debo avanzar para poner orden en mi caos. La entrada va quedando atrás apenas percibo la luz. Camino siempre adelante con mi mano derecha rozando la pared porque tengo miedo de perderme en el laberinto, mi mano izquierda porta una luz que me abre el camino y me adentro paso a paso buscando el fondo oscuro. El aire es denso y me trae aromas de la niñez, de otros tiempos y lugares. Me recreo en ellos y puedo incluso percibir las presencias de esas personas que mi recuerdo evoca. Al cabo de unos minutos estoy con ellas, se han materializado a mi lado, puedo ver sus rostros tal como los recordaba pero no son recuerdos, son reales. Sus miradas, sus gestos, sus voces y risas incluso siento el calor de sus abrazos y el roce de sus manos. ¡Son tantos! Están todos los que puedo recordar, mis padres… ¡Cuánto os añoro! Cuántas cosas os he de contar, mis hermanas y los niños están bien, ha sido un año fructífero aunque muy cansado…
– Ya, ya –, me contestan. – Pero eso no importa, hija. Lo importante es que estamos aquí contigo. Por unos momentos el velo se ha alzado y podemos abrazarnos nuevamente. ¡No tengas prisa! Disfruta tu vida cariño.
Me besan, ríen y dejan paso a otros seres amados.
Mi suegro con su pelo negro y su pose de seguridad absoluta que lo ha caracterizado siempre, que nos ha hecho sentirnos protegidos y a salvo. Tocando una guitarra y componiendo…
– Montsita, ¿cómo estás, hija? ¡Gracias por llamarme! ¡No llores! Está todo bien.
– ¿Urbano, y esa guitarra?
– Jajaja, eso no importa ahora. Lo importante es que nos hemos visto y podemos estar un momento juntos.
Miro y miro y a mi alrededor hay mucha gente conocida que cruzó al Misterio. Tras los primeros momentos tan impactantes para mí ahora empiezo a sentirme cómoda y sin nervios. Me acompañan todos como en un paseo y puedo hablar y recibir mensajes. Todos me cuentan que lo importante es el amor, la gratitud y poder compartir con quienes amas. Me dicen que no tenga prisa, ni yo ni nadie. ¡Que el tiempo no existe! Lo hemos inventado nosotros con nuestra manía de contabilizarlo todo…
Me doy cuenta de que no tengo frío, ni estoy cansada. Estoy feliz rodeada de tantas personas que fueron mágicas para mí y de pronto reparo en que tengo también aquí a mis mascotas, Luna, Gofy, Quique, Guby, a mis pies, dan saltitos y reclaman mi atención, quieren caricias y juego como siempre. Me agacho y me caen lametones por todos lados y puedo oír sus suspiros ¡y cómo demuestran su amor! Reconozco que estoy asombrada, la emoción me embarga, un nudo en mi garganta me oprime y casi no puedo respirar. Siento tanta Paz, tanta alegría, tanto desconcierto… Juego con ellos y me pregunto si es esto posible. ¿Realmente el velo es tan tenue?
Continúo rodeada y feliz, camino más hacia el interior y veo muchas otras personas conocidas, no tan allegadas pero que formaron parte de mi vida en algún momento. Personas que mantuvieron una relación cordial conmigo y que me saludan con afabilidad y otras personas que fueron nefastas para mí e incluso malvadas, gentes con las que no quisiera volver a interactuar y que sin embargo están ahí también con sus miradas de perdón y de reconciliación. ¡Me siento airada! Creí que habían salido de mi vida y no es así, necesitan mi perdón para marchar de mí. Sus ojos son sinceros, el perdón es un arma muy poderosa y he de aprender a usarla sin causarme daño. En un principio no puedo perdonar, me hirieron, hicieron daño a quienes yo quería. ¡No, no quiero perdonar!
– Entonces perdónate tú –. Me dicen a coro mis amigos.
– ¡Verás qué peso te quitarás de encima! – Corean nuevamente.
Me resisto, no puedo. Algo en sus miradas me invita a hacerlo. Trago saliva y orgullo y mentalmente repito convencida:
– Os perdono, por todo lo que me hicisteis a mí y a mis seres queridos. Por todas las injusticias que creí sufrir, por todos los desaires y los abusos. Y me perdono a mí misma por acumular en mi interior este rencor amargo que pesa como una losa y que no me deja avanzar en mi camino.
Siento cómo un llanto sereno cae por mi rostro, levanto la mirada y los veo ante mí con una mueca de alivio. Me miran con Paz y agradecimiento y se desvanecen como una niebla poco a poco dejando un hueco en el espacio. Los demás siguen a mí lado con una expresión de amor profundo y comprensión. Mi madre se acerca más y acariciando mi pelo pregunta:
– Tas bem, filha? Fizeste o devido. Agora vai para a vida pois a morte está certa!
Por mis mejillas siguen cayendo las lágrimas mansas, saladas, tibias. Noto el calor de sus cuerpos abrazándome, mis tíos, las yayas Carmen y Marcelina, el avi Manel. Mis amigos, ancestros… Todos en un gran abrazo y envueltos en un Om que parece surgir del centro de la Tierra se desvanecen también como la niebla ante mí.
Estoy sentada en el sofá con la taza de té frío ya en mis manos. ¿Todo ha sido un sueño? ¡No lo puedo creer! ¡No, no es posible! Yo os he tocado. ¡Me abrazasteis! ¡Nos hemos besado! Los perritos me han lamido y hemos jugado… Y tu olor, mamá, y el tacto de tu pelo ensortijado en mis manos, papá… Érais tan reales, estábais tan presentes.
Sigo llorando, ahora con sentimiento. El velo se levantó un momento para mí y desde el Misterio me ofrecieron el regalo de compartir y perdonar. Compartir los momentos buenos y gozarlos, que no el tiempo, pues no existe. Y perdonar mi ignorancia al dar importancia a quien no la merece y guardarla tanto tiempo en el cajón del rencor.
He mirado a la Muerte por encima de mi hombro izquierdo ahora que sé que está ahí a un metro de mí y sus ojos no me han devuelto la mirada. Aún no es el momento.
Serpa
Entrada anterior
Entrada siguiente