La portadora de la luz

No hace mucho, mucho tiempo en un lugar no muy lejano llamado Lledabas, siete cisnes compartían camino y experiencias. Durante muchas lunas planearon iniciar un viaje en busca de la Llama Sagrada que diera sentido a todo cuanto habían aprendido.
Newlon, la mayor de los cines, aportaba serenidad y sabiduría al grupo, su tenacidad era admirada por sus hermanas más jóvenes que veían en ella un punto de apoyo vital y un tanto independiente. De mente clara y espíritu resuelto, le gustaba sentirse rodeada de bellas experiencias que poder atesorar y recordar. Ella quería encontrar la luz y la fuerza para mantener su vitalidad que creía estaba perdiendo.
Aras, la siguiente cisne, gozaba de una conexión realmente mágica con las estrellas. En ocasiones se perdía en ensoñaciones y decía no sentir las energías del lugar y el momento, sin darse cuenta que era ella la propia energía. Gran conocedora del cosmos y sus mensajes. Ella buscaba en el viaje algo que le dijera qué hacer en su vida en este momento.
La siguiente cisne era Estnom, sus hermanas decían de ella que se daba siempre a los demás en su afán de cuidar. Se creía fuerte; tras su apariencia dicharachera tenía un carácter sensible. Ella esperaba encontrarse a sí misma en la luz mágica del viaje.
Ecidíl era la siguiente, intrépida y curiosa. Cuestionaba todo a lo que se enfrentaba y no se rendía. Poseía muchos recursos para gestionar situaciones difíciles. De mente rápida, resolutiva y siempre dispuesta a enfrentar los problemas. Nunca decía que no a una nueva experiencia y disfrutaba cada minuto del tiempo que compartían. En el viaje esperaba encontrar el misterio de la luz, esa luz que intuía maravillosa.
Llegamos a la artífice del viaje, Adnileb. Ella había viajado muchas veces ya al lugar de la Sagrada Llama y tanto había comentado las maravillas de aquella tierra lejana, que poco a poco fue infundiendo a sus hermanas las ganas de volar hasta allí. Con mucha paciencia organizó cada detalle del camino junto a Ecidíl. Buscaron la ruta a seguir, un lugar dónde anidar al llegar allí y la forma de visitar los lugares sagrados donde habitaban otros cisnes que los custodiaban y mantenían fuera del tiempo real para que no fueran dañados por extraños.
Adnileb llenaba también de alegría los momentos compartidos.
Yle era la cisne más sensible. Todo en ella era ternura y dolor al mismo tiempo. Se dolía de cuanto pasaba a su alrededor y con ella misma. Cargaba con el peso de la responsabilidad autoaceptada, quizás en este viaje podría encontrar el bálsamo que aliviara su alma.
Y por fin llegamos a Akire, la cisne más joven, de aspecto imponente. Amaba la música y el arte de tejer. Su sensibilidad siempre a flor de piel no casaba con su apariencia regia e imponente. Quería ver con sus ojos aquella mágica luz de la que tanto había oído hablar y bañarse en ella.
Y así las siete hermanas cisne ultimaron los preparativos y alzaron el vuelo rumbo a la Sagrada Llama. Cruzaron bastos territorios que a vista de pájaro aún aparecían teñidos aquí y allá por la nieve y el hielo, a veces veían alguna corriente de agua, vastos bosques de pinos y robles, montañas encrespadas y llanuras, ahora vacías de cultivo, salpicadas en ocasiones por pequeños rebaños de ovejas o vacas. Volaron y volaron hacia la línea del horizonte, cada una enfrascada en sus pensamientos y en sus sentimientos. Durante muchas horas siguieron siempre el camino que marcaba Adnileb hasta que llegaron a un punto donde la Tierra se acababa y sólo había agua ante sus ojos. Ellas ya lo sabían, puesto que su hermana se lo había explicado. Y allí pararon su vuelo un momento para reponer fuerzas y poder cruzar. Hablaron de sus inquietudes y recelos por cruzar esas aguas y del misterio que encontrarían en medio, ya que entrarían en una densa capa de niebla de la que sólo podrían salir en perfecto amor y perfecta confianza. Se sentían preparadas pero siempre queda en el fondo un cierto desasosiego. Sentían en su estómago el miedo y los nervios pero, en su mente, las ansias por ver la Luz las impulsaba a continuar.
Tras reponer fuerzas aprovecharon los últimos rayos de luz para volver a emprender el vuelo y cruzar las nieblas. ¿Serían capaces de levantarlas y llegar a la isla mágica?
Una tras otra comenzaron a batir sus alas y fueron en busca de su viaje… Poco a poco la luz del Sol fue perdiendo intensidad y todo a su alrededor parecía lechoso y húmedo, la frialdad de la niebla empañaba la poca visión que les quedaba y pronto se vieron inmersas en la oscuridad de la noche y entonces recordaron las palabras de Adnileb: “ Hermanas, no temáis a la oscuridad. Cuando sintáis en vuestras alas el peso de la niebla, llamad al barquero mentalmente y él abrirá las nieblas para nosotras. Sólo tenéis que creer y agradecer.”
Sobrecogidas pero seguras comenzaron a recitar en su interior como un mantra las palabras que habían aprendido:
Gran Madre, a ti venimos, con las tres llaves de esta puerta. Humildad para aceptar lo que vayamos a aprender. Confianza, pues en tus manos depositamos cuanto somos. Y Gratitud por haber llegado hasta ti.
Y entonces, como surgida de la nada, vieron ante ellas una gran barca que salía de entre las nieblas. Un tosco personaje la manejaba y con un gesto las invitó a posarse en ella. No hicieron falta las palabras, ellas entendieron el mensaje. Y se posaron en la barca que emitía una luz tenue pero perfectamente perceptible y descansaron sus alas y sus cuerpos. A su alrededor se oía el ruido de las olas al romper mansamente contra la barca y el surco de los remos del barquero. A lo lejos se empezó a dibujar la silueta de una torre de piedra en lo alto de una colina y, más cerca de ellas, casi en la orilla, un gran edificio de piedra. Llegaron a un embarcadero donde la barca se detuvo y el barquero se esfumó, ninguna lo vió irse ni escucharon ruido alguno y, mirándose las unas a las otras, se dieron cuenta de que ya no eran cisnes, sino doncellas. Cada una con una apariencia diferente y sin embargo podían reconocerse en sus rasgos. Iban vestidas con túnicas blancas y capas de plumas que las abrigaban del frío intenso que sentían por los nervios y el desconcierto. ¡Podían reír y hablar! Jamás antes habían escuchado sus voces, sorprendidas gratamente, pues habían cambiado sus graznidos roncos por unas maravillosas voces. Aunque era de noche podían oler el perfume de las flores de manzano y las hierbas dulces que cubrían el suelo bajo sus pies. No salían de su asombro, se miraban y abrazaban y reían con nerviosismo.
Y entonces la vieron. De pie mirándolas con dulzura. Era bellísima, vestida totalmente de blanco sus largos cabellos de un azul intenso, sueltos en cascada sobre sus hombros y envuelta en una capa salpicada de cuentas de un cristal tan transparente, tan nítido, que parecían pequeñas gotas de agua que brillaban bajo la luz de las antorchas que había detrás de ella. Su mirada poderosa, pero dulce. Sus ojos eran como de agua y su voz sonó como una melodía cuando las llamó:
“Hijas mías, bienvenidas. Habéis llegado a Ávalon. Venid y compartid con nosotras esta noche.” La Dama del Lago era real, estaba ante ellas y abría sus brazos para acogerlas.
Caminaron tras ella, entraron en una gran sala iluminada por antorchas, en una de las paredes una chimenea caldeaba la estancia y una mesa alargada estaba preparada para la cena, como si las estuvieran esperando. Había más mujeres, jóvenes, niñas e incluso ancianas, todas vestidas de blanco, que fueron amables y cordiales con ellas. Se notaba que estaban acostumbradas a las visitas y disfrutaban ofreciendo su hospitalidad. Comieron poco, por reponer las fuerzas; bebieron infusiones que las hicieron entrar en calor y perder la vergüenza y pronto comenzaron a conversar con las demás mujeres y a sentirse acogidas. De pronto se empezó a escuchar una música que venía de una habitación contigua, era más grande que la anterior y de sus paredes colgaban tapices y adornos que le daban un aspecto solemne. Al fondo un bardo tocaba su instrumento, que era la fuente de la música que se oía, y una voz aguda comenzó a cantar una canción. Todas las mujeres empezaron a entrar y a sentarse en círculo. Ellas, mezcladas con las demás, siguieron su ejemplo y tomaron asiento también. La iluminación aquí era más tenue, más íntima. Todo invitaba al recogimiento. Al ritmo de la música con todas las mujeres ya acomodadas en el suelo, entraron 8 sacerdotisas que llevaban en sus manos unos candiles. Se situaron en las 8 direcciones y unieron sus voces a la de la mujer que ya cantaba. Cada una recitó una alabanza a la Gran Madre en cada uno de sus aspectos y finalmente la Dama entró majestuosa y llenó toda la sala con su presencia. Contó una historia de amor y muerte, de luz y sombra, de calor y frío, de abundancia y vida. Su voz era impactante y el mensaje que daba era tan intenso y tan personal que muchas lloraban de emoción; otras, en cambio, no podían reaccionar, pues era como si las conociera exactamente. Estaban impresionadas realmente. Notaron en su interior, en su corazón, el calor de la luz que con su voz la Dama había llevado allí. La Luz estaba en ellas ya. Se unieron a las demás mujeres en un canto armónico y ancestral que las trasladó a otros tiempos a otros lugares y danzaron y cantaron durante mucho rato. Cuando la música cesó en sus cabezas resonaba un nombre: Brigitte, Brigitte, Brigitte, la portadora de la Luz.
Las acompañaron a sus dormitorios donde pudieron asearse y descansar. Estaban sin palabras, sin aliento, eran tantas las emociones vividas. Soñaron con los mensajes recibidos, con el vuelo, con las nieblas, con la presencia de la Dama. El cansancio por fin las invadió y durmieron profundamente.
Se despertaron temprano y salieron a ver el lugar con la luz del día, un buen paseo mañanero. El edificio principal estaba en medio de un recinto que era todo jardín, un huerto de manzanos que eran los que perfumaban el aire y, dominándolo todo, la torre sobre la colina. Subieron a ella por el sendero marcado. Pudieron sentir la energía potente de aquel lugar. Sintieron el paso del tiempo en aquellas piedras antiguas. Allí se mezclaban pasado, presente y futuro. Incluso podían percibir otras dimensiones. La magia de la Tierra a su disposición. Se quedaron un rato en la cima disfrutando de aquel lugar y de la maravilla de su viaje. En sus mentes resonaba el nombre Brigitte, Brigitte, Brigitte, la portadora de la Luz.
Bajaron despacio, apurando cada instante, pasaron juntos a un manantial de aguas rojas y otro de aguas cristalinas que se unían en un riachuelo cantarín y fresco. En el jardín había también un pozo y una piscina donde las mujeres podían asearse durante su período menstrual, en un rincón apacible, rodeado de tejos ancianos que regalaban su sombra y su magia a quien quisiera sentarse junto a ellos. Tantas emociones, tanta energía, tanto misterio.
Llegaba el momento de volver, se resistían a irse aunque sabían que debían hacerlo. Juntas se sentaron en una pequeña cripta que estaba reservada para la oración y el retiro, y disfrutaron de unos momentos de intimidad en los que cada una se perdió en sus pensamientos y encontró a Brigitte, la portadora de la Luz. Y esa luz era diferente para cada una y buscaron en su interior y encontraron un lugar para cobijarla por siempre. La Doncella les ofreció a cada una el tesoro de la luz, de su propia luz interior, y comprendieron que no hay afuera y que cada una brillaba con su propia luminosidad. Se llevaban el alma enriquecida y feliz y la mente, llena de sensaciones que debían ordenar con calma y admiración.
Caía la tarde ya cuando volvieron al embarcadero, curiosamente en la orilla había unos cuantos cuervos, picoteando el suelo aquí y allá, que ni se dignaron a mirarlas, tan seguros estaban de su estatus dentro de la isla. Las demás mujeres las despedían con alegría y las abrazaron afectuosamente. Comenzaron a entonar aquella canción que repetía el nombre, Brigitte, Brigitte, Brigitte. El barquero estaba allí esperando, subieron a la gran barca que inmediatamente se puso en marcha y una espesa niebla la rodeó ocultando la isla y a sus habitantes. Tras un tiempo que les pareció corto se dieron cuenta de que la Dama estaba allí, en la proa de la barca, y les dijo:
“Hijas mías, espero que hayáis encontrado lo que vinísteis a buscar. Aquí siempre seréis bien recibidas. Sé que volveréis. Ahora debéis alzar vuestro vuelo. Dulce encuentro y dulce despedida, dulce encuentro otra vez”
Y así, sin más, las nieblas se abrieron y ellas se vieron nuevamente en el aire con sus grandes alas de cisne cruzando los cielos de vuelta a casa. De vuelta a Lledabas y a sus vidas. Se miraron y entendieron todos sus sentimientos. Y envueltas en sus emociones volaron y volaron hacia el horizonte con total confianza.
Y al llegar aterrizaron sobre el tejado de la casa tranquilamente porque nadie les había dicho que los cisnes sólo pueden aterrizar en el agua y como no lo sabían… ¡Colorín colorado, este vuelo se ha acabado!

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