El equilibrio


Hubo un tiempo en el que los seres humanos vivíamos en plena comunión con la Tierra y no nos sentíamos sus dueños, éramos parte de Ella. No sentíamos la necesidad de poseer, no estaba en nuestra mente ese sentimiento de mío y tuyo, crecíamos y creábamos juntos, descubríamos y nos equivocábamos juntos y éramos plenamente conscientes de nuestra posición en el ciclo de la vida.
Habitábamos pequeñas comunidades que cuidábamos y nos hacían sentir cómodos, protegidos de tantas cosas desconocidas que envolvían aquel tiempo fuera del tiempo…Y era entrada ya la Madre del Fuego, lo que nosotros hoy conocemos como primavera, cuando la gente mayor de las pequeñas tribus de cada lugar habitado preparaban un ritual para todos los miembros. Aquella gente mayor había aprendido los ciclos de la Tierra con observación y paciencia y sabían apreciar su influencia. Por eso cuando llegaba este tiempo sabían que venían de unos meses de reclusión y frío, de pocas horas de luz y poca comida lo que provocaba un desequilibrio en todos los miembros del clan. Era una situación que debían remediar para que la convivencia fuese fluida y pacífica y encontraron la forma de hacerlo con este ritual.
Aprovechaban que los días ya eran más largos casi tanto como las noches y limpiaban un claro cercano, iban apilando en el centro ramas y troncos haciendo una forma como de montaña, unas más grandes y pesadas otras pequeñas y manejables. Lo hacían pensando en todos los miembros puesto que todos debían participar. Tardaban varios días hasta tenerlo todo a punto, en aquel tiempo no conocían la prisa ( mala compañera donde las haya) y se tomaban su tiempo para preparar las cosas. Todo se hacía con intención poniendo la fuerza y la energía justa en cada movimiento. Nada se hacía a la ligera ni por qué sí pues ellos sabían que fluir con las energías era lo natural. La magia vivía entre ellos, eran ellos la propia magia. Al amanecer del día en que la noche era igual de larga que el día los reunían a todos en el claro que habían preparado y les explicaban lo que debían hacer.
Hacían un gran círculo alrededor del montón de troncos. Las mujeres más ancianas hacían sonar unas maracas, unos huesos, unos rudimentarios tambores dándole solemnidad al momento y entonaban un canto gutural invitando a todos a seguirlo. Otras más jóvenes los tomaban de las manos y los ponían a bailar siguiendo el ritmo alrededor de los troncos, picando con fuerza los pies contra el suelo, mientras otras mujeres explicaban el motivo de ese baile y esos pasos. Debían despertar al espíritu de la Tierra, debían decirle que estaban esperando la vuelta de la vida. Y debían dejar atrás todo aquello que los incomodaba después de tantos meses de oscuridad y encierro. Aquellas pequeñas cosas a las que quizás se habían acostumbrado y que no les aportaban una energía productiva para este momento. Y así cada miembro del grupo desde el más mayor hasta el más pequeño capaz de coger un tronco o una ramita se iban acercando por orden al gran montón dispuestos a coger una pieza. Debían coger uno y decir en voz alta algo que quisieran dejar atrás y eliminar de su vida. El miedo a no ser capaz de colaborar, a no poder cazar, a no saber encontrar alimentos, a perderse en el bosque…cualquier cosa que les impidiese fluir con naturalidad en el nuevo ciclo que estaba comenzando. La gente mayor sabía que el desequilibrio existía y era real. Habían comprobado en otras épocas que necesitaban a todos perfectamente en consonancia con el momento y que era importante cuidar los estados de ánimo tanto como sus cuerpos aunque en aquel momento no les llamarán así. De tal manera comenzaba el ritual que podía durar muchas horas puesto que aunque las personas no eran muchas los miedos sí porque desconocían tantas cosas y se sentían tan vulnerables… Cuando cogían cada tronco y decían su miedo debían trasladarlo a otro montón sin que el primero se desmoronara y formar uno nuevo evitando también el derrumbe manteniendo el equilibrio en ambos. Sólo trabajando juntos podían conseguirlo y lo sabían. Durante el rato que duraba el ritual había tensión, momentos de alivio y de risas compartidas. Todos, la gente mayor y la gente pequeña encontraban un mensaje ese día, la importancia de la comunidad.
Cuando todo había acabado la persona de más edad prendía la hoguera que habían formado entre todos y nuevamente formaban un círculo y bailaban alrededor siguiendo el ritmo de la rudimentaria música de las mujeres. Y reían juntos y compartían los escasos alimentos que aún les quedaban sabiendo que con sus bailes y sus risas la Madre del Fuego despertaría a la Tierra y la vida volvería de nuevo con la promesa de nuevas frutas que recolectar, animales para cazar, agua fresca para beber y panales de miel dulce y calórica que era para ellos era un premio y una alegría! Algunas mujeres repartían entonces a todos pequeños huevos de aves del bosque que habían recogido los días anteriores, procurando no llevárselos todos, y que ellos comían con gran júbilo. Entonces las mujeres hacedoras de la música dejaban de tocar e invitaban a todos a poner sus orejas en suelo y a escuchar el despertar de la Tierra, asombrados y algo atemorizados obedecían. Año tras año siempre seguían sintiendo la misma inquietud y la misma esperanza. Todos tumbados en el suelo con sus cabezas escuchando el suelo podían percibir el ruido sordo que salía del interior de la Tierra y mirando al cielo les parecía ver una gran serpiente alada en la silueta de una nube que ahora ya con el atardecer en su pleno apogeo teñía el cielo de tonalidades anaranjadas sobre lila y les parecía cómo si un dragón escupiese fuego. La Madre del Fuego cada año puntual a su cita. Y así juntos celebraban el despertar de la vida y la vuelta al equilibrio.

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