La Madre de las Semillas

Se había levantado temprano, cuando aún era de noche y había subido a la montaña a su lugar preferido, un mirador natural desde donde podía observar todo el valle y la pequeña mancha de las chozas de su tribu. Le gustaba subir allí y lo hacía con frecuencia, se perdía en la contemplación de su pequeño mundo y del orden natural de las cosas. Envuelta en una piel de ciervo que la resguardaba del intenso frío de la madrugada se percató del silencio blanco que lo envolvía todo y de la quietud del momento. El latido de la Tierra era casi imperceptible, no había rumor de agua en el riachuelo congelado y bajo sus pies las hojas no crujían pues todo permanecía oculto bajo la nieve que amortiguaba los sonidos, se sentó en una roca junto al precipicio y así esperó a que el Sol comenzará a levantarse y llenará todos los rincones del valle de luz y color.
Laia, que ese fue el nombre que le dieron al nacer, porque en el cielo de aquella noche se distinguía con una claridad impresionante toda la Vía Láctea lo que interpretaron las parteras como una señal de cuán especial sería aquella niña. Pronto comenzó a destacar en algunas disciplinas propias de la supervivencia. Aprendió a interiorizar rutinas valiosas, los ciclos de la Tierra y la Luna. El camino en el cielo de las estrellas, las épocas de caza y recolección y en definitiva a fluir con la energía de cada momento. Amaba y respetaba animales y plantas y sabía que algunos debían morir para que ellos pudieran seguir viviendo puesto que todos formaban parte del gran tapiz que era la vida. Era una gran cazadora pues su puntería prodigiosa la llevaba a participar en la mayoría de cacerías de su tribu también era conocedora de los misterios de su amado bosque, de sus animales y plantas y estaba enamorada del círculo de robles poderosos en el que las ancianas sabias encontraban la medicina a cada problema. Pero sobre todo Laia era libre. Gustaba de hacer largas caminatas entre árboles y riachuelos y a menudo se la veía en compañía de un ciervo imponente. Ella era capaz de mirar a los ojos del animal y comunicarse con él. Era tal el amor y el respeto que se procesaban. Laia seguía siendo doncella por voluntad propia y aunque a veces se entregaba a las caricias y los placeres del amor no se planteaba escoger una pareja y crear una familia pues era el bosque y la montaña entera su verdadero amor… o eso creía ella.
Esa mañana había subido a la montaña impulsada por un sueño, hacía días que observaba y se dio cuenta que aunque estaban en plena estación fría, lo que nosotros llamamos invierno, los días eran cada vez un poquito más largos y las noches terriblemente frías pero un poquito más cortas. Así que buscó entre sus hierbas cosechadas en verano y se preparó un brebaje antes de dormir que no sólo le calentó el cuerpo si no que la indujo a la revelación a través del sueño.
Y soñó o más bien se soñó en otro lugar con bosques más frondosos y de un verde más intenso, con olores diferentes y sonidos distintos pero todo era conocido para ella y aunque se veía diferente entre gentes desconocidas sabía que era ella y allí la llamaban Brigitte y era poseedora de un fuego mágico y ancestral que más que calentar nutría y engendraba vida y ella lo cuidaba con mimo y lo guardaba para su tribu y para quien lo necesitara y su sueño se enmarañaba y la llevó a un lugar más lejano, más extraño y se vio rodeada de manadas de ciervos, corriendo con ellos por montañas de bosques menos densos y el olor del mar cercano llenaba todos sus sentidos y se vio entre columnas de mármol blanco y suelos de piedra lisa y no podía reconocer a quienes la rodeaban pero no se sentía extraña. Miraba a través de los ojos del gran ciervo que la acompañaba y podía ver en ellos un anhelo de esperanza. Y en aquel lugar donde se respiraba calma la llamaban Diana. Y en todos los sueños y todos los lugares cambiaba de nombre pero era siempre ella. La que corría libre por los bosques y cazaba y recolectaba. La que se dejaba bañar por la luz de la Luna y se miraba en los ojos de espejo limpio de sus ciervos. Y aún siendo diferentes eran la misma pero lo que no cambiaba nunca era el carcaj lleno de flechas que todas llevaban a su espalda.
Fue así como aquel sueño la llevó a subir y contemplar nuevamente el valle. Con el sol ya despuntando por encima de las cumbres vio las chozas de su aldea, el hilillo de humo que salía de ellas y supo que comenzaban a despertarse con el nuevo día. Entonces ella comenzó a bajar con cuidado para no resbalar, el camino era tortuoso y estaba helado. Ahora que ya había luz pudo ver en los márgenes del sendero los primeros dientes de león. Una de sus plantas más queridas por sus muchas utilidades; La madre de las Semillas había llegado un ciclo más. Recogió cuantos pudo y llegó por fin al lugar que ocupaba su tribu, su pequeño poblado, y la recibieron con alegría y se sentaron en círculo alrededor del fuego comunal.
Reconfortaron su cuerpo con la pócima sagrada de Imbolc, caliente dulce y nutritiva. En aquella época aprovechaban todos los recursos pues la vida era dura y el invierno aún más. Compartir aquella bebida tan potente obraba la magia y mientras todos esperaban el relato de lo que Laia había visto y sentido en la montaña, de si había encontrado la señal esperada. En ese momento comenzó a sonar el tambor ceremonial con un ritmo suave y lento, como un latido y poco a poco fue creciendo y algunas mujeres encendieron pequeñas antorchas y bailaron en círculo para que el fuego ayudase a la Tierra a despertar también. El resto de la tribu comenzó a reír y aplaudían al compás del tambor y encendían también sus antorchas para celebrar el regreso del Sol, de la luz, el aliento de la vida.
Contentos, se sentaron nuevamente alrededor del fuego y cada uno fue diciendo qué quería sembrar ese año, dónde lo iba a hacer, qué necesitaría, creando así nuevos proyectos, dibujando planes y caminos por recorrer. Laia, la Arquera Doncella, sentada junto a ellos, tomando sorbos de la mágica bebida los observaba sonriente. Compartía sus ilusiones y su alegría y fue consciente del peso del carcaj a su espalda y de aquellas flechas que ella disparaba era siempre con la intención de proteger, alimentar o ayudar a esa gente, su gente. Y lo hacía por amor, tanto como el que sentía por los bosques, los ríos o los animales, plantas y piedras que los habitaban. Y ese amor era recíproco y lo percibía en cada mirada, cada sonrisa y en cada gesto. La energía fluía, era la vida misma.
Por eso hoy os propongo en este círculo que afinemos nuestras flechas, las carguemos con nuestros propósitos y nos fijemos el objetivo.

Serpa
Febrero de 2024

Membres del Templo
Els nostres membres tenen molt a dir!

Comenta...

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *