La Flor de Sol

– Madre, tengo miedo… – dijo Eguzqui con los ojos cerrados mientras su madre trenzaba sus largos cabellos de color rojo fuego.
Adoraba ese momento, las manos de su madre trabajando hábiles el peinado, el calor que desprendían y el aroma a lavanda que dejaban impregnado en su cabello. Ese momento íntimo que las mantenía unidas.
– ¿Miedo? ¿Miedo de qué, mi niña? ¡Estás preparada! Sabes cuánto precisas. El círculo de sabias te ha propuesto para iniciarte con ellas pues aprecian tus cualidades. No temas, mi niña.
– Pero, madre… ¿y si la Flor no aparece? ¿Qué haré?
– ¡Ay, querida mía! Yo he completado muchos ciclos ya, recuerdo mi primer ritual y los nervios en la boca del estómago, el frío en los huesos y esa misma preocupación que sientes tú. Pero, ¿sabes? La Flor regresa a nosotros ciclo tras ciclo para dar sentido a nuestras vidas, abundancia a nuestras cosechas y equilibrio a nuestro tiempo.
– Madre, ¿y no ha fallado nunca?
– Nunca jamás, pequeña. Allí estará, por primera vez la verás y sentirás su bendición. Y durante toda tu vida esa primera visión te acompañará.
Se sentía orgullosa de su hija, había visto cómo crecía y cómo las mujeres sabias se fijaban en ella desde muy temprana edad. Sabía lo que eso significaba y tenía un regusto agridulce puesto que ese honor conllevaba un gran sacrificio. Eguzki creció sin padre al morir éste en una partida de caza. Ella tuvo el apoyo de su familia y su clan, pero la soledad la convirtió en una mujer triste y vacía. Su único consuelo era su hija, las largas horas juntas.
Acabado ya el peinado, dos trenzas enrolladas a ambos lados de la cabeza que enmarcaban su cara de una belleza sin par. Su piel era blanca y fina sin una mancha, su nariz perfecta, altos pómulos, ojos grandes de un verde claro hechizante con unas cejas finas y muy definidas que matizaban su expresión y la boca de labios carnosos y rosados. Bella, Eguzki era ciertamente bella.
Comenzó a vestir la túnica nueva que su madre le había tejido durante las largas noches de invierno con la lana de los corderos que cuidó todo el verano. Estaba tejida con amor y ella la llevaría también con ese amor, puesto que valorar el esfuerzo era también parte de lo que había aprendido con las mujeres sabias. Un cinto de cuero ceñido a su cintura para colgar de él sus herramientas, un zurrón para los alimentos y una piel con la que se guardaría del frío y usaría para dormir cuando fuera necesario completaban su indumentaria. El calzado sencillo, sandalias de grueso cuero atadas al tobillo facilitarían sus caminatas por montes y bosques.
Salió de la cabaña junto a su madre sintiendo la presión de las miradas de toda la aldea en ella. Esa era la primera prueba que debería pasar y lo sabía. Cada mirada fue devuelta con determinación, pero sin altivez, y a cambio obtuvo gestos de admiración y sonrisas. Caminó resuelta entre sus vecinos, el paso firme le daba fuerza y siguió el consejo de una de sus maestras: “mira hacia adelante sin bajar la cabeza, sigue el ritmo de los tambores y mantén tu concentración en él, el camino se abrirá en tu mente, a estas alturas ya lo debes poder recorrer con los ojos cerrados”.
Enseguida oyó lejanos los tambores como una llamada sorda y constante y ciertamente el camino se dibujó en su mente, sin mirar podía reconocer cada piedra, cada árbol, las matas de hierbas, los recodos. Y lo fue siguiendo resuelta, sabiendo que tras de sí caminaba su pueblo confiando en que los llevaría hasta el lugar secreto y mágico donde esperaban las mujeres sabias. Esa era la segunda prueba que debía superar. Ser la guía del pueblo, de la tribu, alguien en quien depositar la confianza y la propia vida. Por eso no podía fallar, se había preparado durante todo un ciclo. La responsabilidad era mucha.
Conforme se alejaban de la aldea y subían la montaña los tambores se oían más fuertes y ayudaban a seguir andando. Las gentes la seguían en un profundo silencio, señal del respeto que sentían. En aquel tiempo mantener las tradiciones les hacía sentir seguros. Era un signo de continuidad en un mundo que, por desconocido, se les antojaba infinito. El ser humano se sentía parte de todo y vivía en consonancia con la Tierra y sus ciclos, con la Luna y los suyos, con los astros lejanos, con las mareas, con los bosques y con todo cuanto habitaba en ellos. Y por eso este día era tan esperado e importante. La vuelta de la Flor de Sol.
Y así fue como Eguzki comenzó a subir por el camino preparada para reconocer todas las señales que sus maestras habían dejado para ella.
Caminaba resuelta y en medio de un prado vio una yegua blanca que se le acercó dócil y dejó a sus pies una flor roja que traía en la boca. Y ella reconoció a la Madre del Placer en ese gesto y prendió en su túnica la flor.
Y siguió subiendo montaña arriba y llegó a un riachuelo de agua fresca y cantarina y al cruzarlo, en el fondo, descubrió una concha blanca y lisa con destellos plateados y en ella reconoció a la Madre de las Aguas. Recogió la concha y la colgó de su cinto.
Continuó camino arriba y su gente tras ella. Al borde del camino vio unas espigas doradas y en ellas reconoció a la Madre de la Abundancia, las recogió y, haciendo un atadillo, las colgó de su cinto también.
Y siguió caminando y observando con el miedo en el estómago por si se equivocaba y fallaba en su prueba. A un lado del camino vio un manzano y en él reconoció a la Madre de las Cosechas, tomó una de sus frutas y la guardó en zurrón.
A los pies de un árbol grande y frondoso encontró una piedra negra suave y pulida con forma de huevo y en ella reconoció a la Madre de la Tierra, la recogió y la guardó también en su zurrón.
Siguió así camino cada vez con mayor confianza escuchando los tambores que casi se habían convertido en su propio latido. Iba pendiente de la posición del Sol en el cielo, tenía un tiempo determinado y no podía bajar el ritmo. Siguió con la cabeza alta y el paso firme a pesar del cansancio que ya comenzaba a notar.
Comenzó una subida más pronunciada y un graznido estremecedor sonó sobre su cabeza, era un majestuoso buitre que dejó caer una de sus plumas y reconoció en él a la Madre de la Muerte, recogió la pluma y la prendió a su túnica y siguió subiendo la montaña cada vez más escarpada, aunque no le importaba porque a cada paso se sentía más poderosa.
Avanzó confiada, los tambores le llenaban el espíritu. El final estaba cerca. Anhelaba ver la Flor de Sol, el premio tan deseado. Y así sumida en sus pensamientos creyó oír un silbido cercano. Miró y miró a uno y otro lado del camino, el silbido continuaba pero ella no lograba localizarlo hasta que en hueco de un árbol vio una preciosa lechuza blanca que la miraba con sus ojos sabios indicándole una ramita hueca a los pies del árbol por donde entraba el viento que al salir producía el dulce silbido y en ella reconoció a la Madre del Aire. Recogió la ramita y la colgó de su cinto. Siguió subiendo casi había olvidado a las gentes que la seguían tal era la concentración que había alcanzado.
Estaban muy arriba ya, a pesar de que los días comenzaban a ser más largos y se podía notar el calor algo más, aquí había nieve aún. El sonido de los tambores era ya muy cercano y se oían también las voces de las mujeres sabías que se unían en un canto hipnótico. Avanzó contenta alentada por ese sonido y entre la escasa nieve distinguió una pequeña mata de dientes de león con sus maravillosas flores amarillas y en ella reconoció a la Madre de las Semillas, tomó una de sus flores y con ternura la guardó en su pecho. Y sonrió feliz porque ante ella estaban sus maestras mirándola con ojos dulces y sabios, en sus miradas se reflejaba la satisfacción. Había llegado al lugar y había guiado a su pueblo sin titubear.
Las mujeres habían preparado el lugar con un gran montón de leña. Alrededor comenzó a sentarse la gente y compartían alimentos y agua, felices de haber llegado y de cumplir con la tradición. Mientras tanto las mujeres sabias pintaron en la frente de Eguzki el símbolo sagrado del sol, llenaron sus brazos de espirales y la sentaron en una roca que había dispuesta frente a la montaña del otro lado del valle. Susurraron palabras antiguas a su alrededor repitiéndolas una y otra vez convirtiéndose en un mantra y le dieron a morder una raíz amarga que al tragar su jugo le abrió la visión y entonces… ¡sucedió! ¡La Flor de Sol había regresado como cada ciclo pasado! Y percibió su bendición y entendió el valor de las tradiciones y cuán afortunada era por formar parte de las mismas. Descubrió que aquella montaña que había mirado tantas veces tenía justo en la cima una pequeña oquedad apenas imperceptible por la que el Sol se colaba siempre ese día y a esa hora ofreciendo la maravillosa imagen de la Flor de Sol. Lloró lágrimas mansas de emoción, había creído que subir guiando a la gente era una gran responsabilidad y en realidad la responsabilidad empezaba ahora. Cuidar de todos, compartir con todos, escuchar y confortar, eso era lo que le habían enseñado durante todo el ciclo y sólo lo había comprendido ahora.
Recibió el tierno abrazo de sus maestras y las miradas de respeto de sus vecinos y cogió la antorcha que le ofreció la más anciana y reconoció en ella a la Madre del Fuego, prendió la hoguera que tenían preparada y contempló con alegría las caras de todos, pequeños y mayores, y se sintió parte de un todo inmenso y maravilloso bañado por la luz del Sol. Y comprendió que el fuego no era sólo físico, el fuego era ella en cada gesto que ofrecía a los demás, en cada palabra que alentaba a seguir, en cada caricia de consuelo. El fuego, que daba la vida y transformaba. El fuego interno que mantiene unida a la comunidad.
Y así fue cómo festejaron, danzaron alrededor de la hoguera, saltaron sobre ella al ritmo de los tambores y disfrutaron del calor y la compañía. Percibieron ese fuego en cada abrazo. Y al anochecer volvieron juntos a la aldea, felices por la experiencia vivida otro ciclo y por saber que una nueva “sabia” abría camino para ellos. Eguzki era la nueva Flor de Sol.

Serpa
Marzo de 2024

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