El Viejo Invierno
El Viejo Invierno llegó de la mano de la Madre del Aire. Frío y enjuto cómo siempre. Con su abrigo largo de piel de oso pardo que tomaba una tonalidad rojiza con los rayos del Sol o el reflejo del fuego que calentaba el interior de las casas. Cubría su cabeza, cuajada de rizos blancos, con un gorro de piel de castor, que también se teñía de rojo por tanto tiempo vivido junto a él y el polvo de tantos caminos andados a largo de la vida. Su rostro quedaba enmarcado por el gorro y la melena y destacaban en él unos profundos ojos azules que ya necesitaban la ayuda de unas discretas lentes de cristales redondos que se apoyaban en la nariz aguileña. Una barba y un bigote espesos y canosos también eran seña de su identidad y daban a su aspecto un toque afable, a la vez que infundían respeto. Cargaba un gran fardo tejido con fibras vegetales, ya no recordaba cuándo, solía llevarlo lleno de cosas que encontraba en su camino o que intercambiaba con gentes de los diversos lugares que visitaba. Se rodeaba y convivía con una gran manada de renos majestuosos que se habían acostumbrado tanto a él, que lo consideraban un líder. Aunque la compañía humana no le era grata, en ocasiones se acercaba a aldeas, pueblos o incluso ciudades guiado únicamente por su instinto, donde presentía que era requerido. Quizás por necesidad o simplemente por curiosidad.
Era en esas ocasiones, en esos encuentros, cuando intercambiaba artículos, útiles, herramientas, hierbas, piedras, pieles, escritos, ungüentos, objetos curiosos… todo lo que podía cargar en su saco. La manada de renos no se acercaba a esos lugares habitados por el hombre (sabían de la crueldad y el desenfreno de muchos de ellos) y lo esperaban en los bosques cercanos. Solamente uno, el más viejo, lo acompañaba y se dejaba montar por él a modo de cabalgadura. Ofrecían una estampa peculiar en los caminos cuando eran vistos, creando expectación en los adultos y gran curiosidad en los niños, puesto que sabían que en ese gran saco siempre llevaba alguna golosina tan deseada por ellos.
Llegó como cada año. Siempre hacía el mismo recorrido, como un buhonero antiguo o un vendedor ambulante. Aunque nunca tomaba nada a cambio de lo que dejaba para sí mismo, sí que agradecía la hospitalidad a los lugareños que le invitaban a compartir su comida y, en ocasiones, su refugio. No recordaba cuándo comenzó a viajar así, hacía tanto tiempo ya, que no podía ponerle una fecha. Sí, sentía la necesidad de hacerlo y no estaba cansado de su vida peculiar. Quienes lo habían tratado hablaban de su paciencia, de su don para escuchar y de cómo, tras una charla con Él, metía las manos en su saco y sacaba de dentro algo que les era necesario o que aliviaba sus preocupaciones o que deseaban desde hacía tiempo y no podían tener. A veces no eran cosas materiales, eran esperanzas, consuelo, proyectos, ideas… pero siempre eran una bendición.
Así fue cómo las gentes empezaron a esperar su visita cada año. Adornaban sus puertas con ramas verdes y piñas, con frutos rojos, con lazos de colores aprovechados de viejas ropas y mantenían una candela cerca de la ventana junto a la entrada por si, en medio de la oscuridad y la ventisca, no podía orientarse hasta sus hogares. Todos mantenían la ilusión de volver a ver y recibir al Viejo Invierno. No sabían de dónde venía, no conocían su historia más allá de su extrema paciencia para escuchar y de la bondad que transmitía su presencia. Lo cierto es que los más ancianos del lugar lo recordaban siempre así, con ese mismo aspecto, con esa misma edad y esa indumentaria. Cuando empezaban los primeros copos de nieve a caer y los caminos a estar intransitables era el momento de preparar sus casas con más leña, más alimentos y agua, los que vivían en aldeas preparaban en comunidad esos alimentos para aprovechar mejor todos los recursos. De ahí nacieron guisos y dulces que se fueron convirtiendo en tradición y cultura; destilados alcohólicos que fueron adoptando formas casi medicinales, que ayudaban a calentar el cuerpo y la mente, convirtiéndose en un ritual. Cada día, mientras esperaban su llegada y preparaban sus casas, imaginaban qué traería de nuevo en su saco y visualizaban aquellas cosas que tal vez podrían pedirle, cosas que, sin su ayuda, no serían capaces conseguir en mucho tiempo o con mucho esfuerzo. Los hombres que habían aprendido a ser rudos por las circunstancias de la vida y el trabajo al que se debían ansiaban el encuentro para que les hablase de nuevas técnicas de sembrado, tal vez trajera algunas semillas distintas a las que ellos conocían o alguna herramienta nueva que les facilitase las labores. Las mujeres soñaban con algún tinte diferente para las lanas y las fibras con las que tejían, mezclando hierbas y bayas que ellas no hubiesen imaginado nunca, o la receta de algún ungüento para bajar las fiebres o la combinación de algunas hierbas para hacer más leche a las vacas o a ellas mismas si estaban maternando. Pero donde realmente se sentía la magia, la magia especial, la magia pura, la magia por excelencia, era con los niños. Ellos no pedían nada en especial, tan solo volver a verlo y que metiese esas grandes manos en su saco y las sacara llenas de golosinas. De galletas y pastelillos que hacían sus delicias, de caramelos de mil colores que los transportaban a lugares lejanos a los que jamás viajarían, pero que él cada año les traía. Lo esperaban con el ansia de quien espera el agua de las lluvias para fertilizar las tierras. Y Él lo sabía, y esa era su recompensa, sentirse rodeado de la inocencia, de las mentes aún casi en blanco y que podía llenar con historias vividas y compartidas de otras gentes de otras latitudes donde la luz del sol era diferente, donde los bosques no eran tan frondosos, donde no se llamaban con un cuerno de ciervo sino con una caracola o con el humo de una hoguera, donde los hombres se entendían en la distancia usando un silbido o el reflejo de unos cristales al incidirles los rayos del sol. Sentados en círculo pasaban las horas escuchando sus relatos y dándoles forma en su interior, cada uno a su manera y a su ritmo. Él era consciente de que de esos encuentros saldrían los adultos de mañana con un poquito más de información del gran mundo que aún estaba por descubrir y lo hacía con la intención de que estuvieran mejor preparados para reconocer la diversidad y no rechazarla y mucho menos violentarla.
Desde la perspectiva de los pequeños, el tiempo de espera a Su llegada se hacía largo y tedioso. Los días empezaban a ser muy cortos y fríos y no tenían muchas horas para juntarse y jugar y, si encima había ventisca o tormenta, era peor, puesto que si los vecinos estaban un poco lejos no podían salir de su casa. Y pasar tanto tiempo solos era muy aburrido. Por eso la primera señal de que Él estaba acercándose era inconfundible. Se empezaban a ver renos cerca del poblado, al principio algunos solitarios, dos o tres, y en los días posteriores, la gran manada. Eso se convertía en una fiesta y un motivo de alegría. Con suerte los padres les dejaban verse un ratito y compartir la alegría y la impaciencia. Era en esos días cuando de pronto se volvían más activos, menos apáticos y ayudaban en las tareas de casa, acribillando a preguntas a los mayores que se sentían volver de alguna forma a su pasado y despertaba en ellos la ternura del recuerdo y la magia de aquellos momentos lejanos.
Los días previos a su llegada estaban cargados de ajetreo, pues familias que vivían lejos hacían un viaje para juntarse y llegaban desde diferentes lugares, lo cual era también motivo de fiesta y alegría. Se preparaban jergones en las habitaciones para que durmieran, comidas y conservas, se buscaban las últimas bayas y frutos de la temporada, algún panal de miel si tenían suerte de encontrarlo. Se acaban de curtir pieles para confeccionar prendas de abrigo… Todos tenían una labor concreta, un trabajo designado y que hacían con esmero porque en esos días se compartían muchas cosas, muchos recuerdos. Se daban noticias acaecidas en otros lugares y se ponían al día de nuevos nacimientos, uniones de manos y tránsitos al Misterio. Eran unos días muy especiales, con el frío arreciando fuera, los días cortos, las visitas, todo creaba un ambiente mágico y dulce que culminaba con Su llegada. No se quedaba mucho tiempo en cada lugar, como mucho una sola noche, a pesar de la insistencia de las gentes o las inclemencias del clima. Pero en esa noche, tan esperada por todos, cada uno a su manera, era capaz de congelar el tiempo. De escuchar y atender a todos y cada uno obrando ese milagro de paciencia e ilusión que luego todos recordarían con gratitud y un cierto desconcierto… ¿Cómo era posible? Nadie le vio irse, nadie oyó sus pasos ni los cascos del gran reno golpeando la nieve. Eso sí al amanecer del nuevo día todos sentían una calma plácida y reconocían el nuevo regalo que habían recibido de sus manos. Lo tocaban, era real. No podían decir su nombre, no lo sabían, pero sí su magia. Y con eso, con tan poco, tenían suficiente para volver a sus vidas y esperar nuevamente la llegada del Viejo Invierno un año más.
Soñarían con su presencia durante muchas noches más mientras la Madre del Aire afuera desplegaba sus alas y cubría todo el paisaje con un manto blanco. Ellos, dentro de sus casas al calor de la lumbre, tenían lo mejor de todo. La magia, la ilusión y la vida compartida.
El Viejo Invierno se fue igual que vino, con su saco lleno, su abrigo y su gorro, sus ojos azules cansados por el tiempo y su manada de renos que, al alejarse corriendo por el bosque, hacían un sonido como de campanillas que quedaba flotando en el aire para recordar a todos que la magia es tan real como tú quieras que sea. Da igual si afuera hace frío, el calor lo llevamos en nuestro interior.
Yule 2025
Serpa

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