Olinos

Sentada a la sombra del tejo milenario de la aldea Malva, la anciana sabia, observaba a los jóvenes hombres y mujeres que en esta estación entrarían a formar parte activa de la comunidad. Durante varios ciclos habían estado aprendiendo con los mayores a cultivar sus habilidades y a ponerlas al servicio de todos donde fuese necesario. Todos servían, cada uno en su sitio, cada uno en su oficio. Todos eran necesarios y perfectos. La mirada de Malva se posó en un joven varón que destacaba por su altura y complexión. Era Olinos, hijo de Álvar.
Recordaba perfectamente la noche que Álvar llegó con él en brazos arrullado en una manta de un tejido azul tan suave y ligero cómo jamás habían visto. Aquel hombretón traía la pena en su mirada y contó a la gente de la aldea que lo había encontrado así, envuelto en esa extraordinaria manta a la orilla del mar, que por más que llamó y llamó no tuvo respuesta y que al ver que la noche se echaba encima y que la criatura necesitaba cuidados
decidió traerlo a la aldea…Nadie dudó de su palabra, nadie preguntó nada más y entre todas las mujeres que estaban críando maternaron a la criatura como si fuese uno más de ellos. Pero Malva a través del sueño que dan las hierbas sagradas vio la verdad y calló.
Durante muchos días que se convirtieron en semanas y luego en meses Álvar volvía al lugar donde había encontrado a Olinos, así le llamó puesto que lo recogió entre las olas del mar, volvía con la esperanza de encontrar a sus padres o algún indicio de quienes eran y en la aldea todos le creían, no dudaban. Todos menos Malva, que callaba y observaba cómo aquel hombre sufría en silencio y cómo se le llenaban los ojos de amor cuando abrazaba a su hijo.
Fueron pasando los años, fueron completando ciclos y ahora estaban ya preparados para tomar su responsabilidad. Olinos destacaba por su habilidad para con los caballos, se desenvolvía bien entre el ganado, ovejas, cabras y bóvidos pero con los caballos tenía una conexión especial casi mágica. Verlo subido a la grupa de alguno era una imagen poderosa. Podía cabalgarlos con gracia y suavidad y rara vez les gritaba o violentaba para que cumplieran sus órdenes. Era como si formasen un todo, un solo ser. De entre todos ellos destacaba una hermosa yegua gris de largas crines y ojos claros que siempre buscaba a Olinos y se acercaba a él con ternura ansiando una caricia o una palabra del muchacho. Solían salir juntos al atardecer en los meses de buen clima y daban largos paseos, Álvar los veía salir y esperaba su regreso un tanto inquieto tan solo volvía a sonreír cuando los veía llegar y entonces sus labios formaban la mueca de una sonrisa y su respiración se tranquilizaba. Miraba a la yegua buscando sus ojos y ella le devolvía una mirada tierna y triste a la vez.
Malva, sabedora del sufrimiento, observaba muchas veces la escena y comprendía la preocupación de Álvar.
Así pasaban los días y el momento del ritual estaba cada vez más cercano, la aldea era un hervidero de actividad, las mujeres tejedoras tejían las últimas hebras de los mantos que regalarían a los nuevos miembros, las curtidoras acababan de embellecer zurrones, bolsas y cintos que deberían portar los muchachos y muchachas a partir de ese día. El herrero y carpintero ultimaban las herramientas, los útiles y hebillas que pudieran también necesitar los jóvenes y que les serían entregados durante el ritual. Todos eran necesarios, hombres y mujeres cada uno en su disciplina y cada uno con su habilidad. Nunca se le decía a nadie que no podía hacer esta o aquella cosa. Al contrario se les animaba a probar para que supieran en qué eran más válidos, más hábiles puesto que comprendían que dónde no llegaba uno podía llegar otra por qué la habilidad estaba repartida de manera aleatoria y en esa aceptación estaba el éxito de la supervivencia de la comunidad.
Ahora todos esos jóvenes hombres y mujeres deberían poner en marcha cuanto habían aprendido y en la noche de la Luna oscura saldrían a la montaña fuera de los límites de confort conocido por ellos y solos. Tenían la misión de traer hasta la aldea una manada de caballos salvajes con las artes que habían adquirido durante su formación. Partirían siete jóvenes, cuatro hombres y tres mujeres. Deberían rastrear, seguir y localizar la manada. Alimentarse y guarecerse de la noche y el clima. Hacer fuego y buscar refugio. Curar sus heridas si fuera necesario y antes de tres días volver con el trabajo hecho. Y ellos no lo sabían pero algunos miembros de la comunidad los acompañarían en la distancia por si necesitasen ayuda, puesto que se valoraba la vida de todos por encima de todas las cosas.
Así pues llegado el momento partieron a cumplir con el rito. No fue difícil, eran amigos desde la infancia y conocían perfectamente las habilidades de cada uno. Lo más duro fue abandonar la aldea sintiéndose expuestos y solos pero enseguida empezaron a desplegar sus conocimientos y pronto encontraron refugio y caza. Encendieron un fuego y conversaron al amor de la lumbre sobre el nuevo estatus que alcanzarían como adultos.
De lejos los mayores les observaban sin bajar la guardia. La primera noche pasó tranquila y con las primeras luces se pusieron en marcha. Localizaron una manada de caballos y planearon su estrategia. Al atardecer ya sabían cómo iban a actuar y decidieron seguir a los caballos y descansar cerca de ellos. Durante el día también aprovechaban para recoger hierbas, raíces, frutos y todo cuánto les hiciera falta sin acumular más de lo necesario, esto lo habían aprendido muy bien. No era necesario acumular más de lo que podían guardar. No cazaban más de lo que podían comer y conservar. Así llegaron a la segunda noche más cansados y nerviosos. Comentaron todo cuanto les había sucedido y descansaron junto al fuego preparándose para el día siguiente que sería el más importante.
Al amanecer salieron en busca de los caballos en contra del viento para no ser olidos. Fueron rodeando a la manada eran unos veinte ejemplares y ellos eran siete. Con señales sutiles se fueron acercando y Olinos entró en acción demostrando su habilidad, se acercó al macho dominante y le miró a los ojos, con un tono de voz aterciopelado le comenzó a hablar diciéndole palabras de respeto y agradecimiento por cuanto significaba la manada para ellos. El caballo dio un respingo y reculó. Olinos insistió en su charla y su voz cautivadora conectó con el animal que se dejó montar. De un salto el muchacho subió a la grupa y comenzó a acariciarlo y abrazarlo. Al poco los demás animales estuvieron igualmente cautivados y comenzaron a seguir mansamente el camino que les marcaban los jóvenes. Se dirigían a la aldea con el trabajo realizado.
De lejos los mayores no salían de su asombro, ellos esperaban ver carreras y saltos, caídas y algún hueso roto. Gritos de dolor y fracaso. Pero lo que habían presenciado no tenía explicación. Jamás antes capturar a los caballos fue tan sencillo. Era sobrenatural, inexplicable.
Aún no había acabado el tercer día y los muchachos y muchachas entraban en la aldea. Todo el mundo los vitoreaba y daban gritos de alegría a su paso. Ellos contemplaban contentos la gran hoguera encendida en las afueras y el cercado abierto donde dejarían a los caballos.
Está noche el festejo sería realmente grande. Estaban orgullosos hoy recibirían sus nuevas herramientas y sus mantos, y serían considerados miembros de pleno de la comunidad. Podrían escoger pareja y construir su propia choza. Participarían de las decisiones y tomarían las suyas propias.
Mientras tanto los hombres que los habían acompañado buscaron a Malva, ella podría darles una explicación a lo que habían visto y vivido. La anciana los recibió en su choza y les contó la historia que había callado tanto tiempo…
Olinos llegó en brazos de Álvar envuelto en la manta azul que él aún guardaba una noche de luna llena sí. Pero no era un niño perdido por sus padres, Olinos era hijo de Álvar y de una Ninfa de Agua. Se enamoraron durante uno de los paseos que él solía dar en busca de aquellas piedras que luego fundía y que convertía en herramientas y armas tan apreciadas por su comunidad. Paró a refrescarse en el arroyuelo que desemboca en la playa y oyó un canto tan dulce que no pudo por más que acercarse a ver quién era la dueña de tan maravillosa voz. Al instante quedaron prendados el uno del otro y Álvar volvía cada tarde para encontrarse con Nerea. De aquellos amoríos nació un niño, Olinos. Pero Nerea y Álvar no podían estar juntos pues ella no sobreviviría fuera del agua y él no viviría dentro. Entonces decidieron que el niño se criaría con su padre y cuando fuese ya adulto el padre lo dejaría y volvería con ella para vivir juntos por toda la Eternidad. De las lágrimas de Nerea se tejió una manta azul como de espuma de mar y en ella envolvió Álvar al pequeño y lo llevó a la aldea. Al poco apareció en los prados cercanos una hermosa yegua gris de ojos claros que se convirtió en la sombra protectora del muchacho y que no era otra cosa si no el regalo de las hadas que fueron testigos del amor entre sus padres. Para que cuidara y confortara a Olinos y para que Álvar no olvidara la promesa de volver junto a su amada. Malva acabó el relato y los hombres lloraron de emoción, entendían muchas cosas. Por qué Alvar no tomó jamás compañera, cuidó y educó al niño él sólo y se convirtió en un excepcional herrero pero siempre taciturno y dado a pasear en soledad…
Aquella fue una gran noche de celebración, hubo comida, baile al rededor de la hoguera y el sonido de los tambores que conmovía el alma. Risas y charlas animadas. Abrazos de compañerismo y miradas cómplices.
Aún había luz en el cielo cuando Álvar se dirigió a Malva y le dijo: nunca nadie sin hacer nada, hizo tanto. Ahora debo partir y tú deberás cuidar de él y explicarle su historia y cuánto lo hemos amado.
Ella lo vio subir al lomo de Sombra la yegua gris portando en sus manos la manta azul. Su silueta se recortaba en las luces del anochecer y se fue escuchando la melodía de una voz maravillosa que lo estaba esperando…

Serpa
Junio 2024

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