Despertando mis sentidos

Me gusta subir la cuesta que lleva a lo alto de la colina a las afueras del pueblo. Es uno de mis paseos preferidos, el paisaje cambia con cada estación y adquiere los colores del momento dando intensidad y destacando las diferentes plantas que maduran en cada época. Ahora que justo comienza este otoño, el ansiado otoño, está especialmente espectacular. La vegetación aún no ha perdido del todo su follaje pero comienzan a amarillear las hojas, algunas están ya llegando a esos fascinantes tonos anaranjados, rojizos, pardos e incluso violetas que, mezclados con el verde intenso de las hojas perennes, le dan al bosque un aire magnífico y ancestral que me invita a la ensoñación.

Llego a la cima y busco mi rincón favorito, esa gran encina centenaria de la que los ancianos cuentan anécdotas que ya les contaban a ellos sus abuelos. ¿Cómo podría describir la calma que percibo sentada con mi espalda apoyada en su noble tronco? Es como un confesionario sin mediar palabras, ella sabe quién soy, cómo me siento y lo que ha de sanar en mí. Como si de una hermana mayor se tratara, me escucha por dentro y me vacía de preocupaciones y miedos que suben desde sus raíces hasta sus ramas en un recorrido rápido y conciso y llegan a sus hojas y allí las libera al viento y se convierten en los trinos de algunos pájaros que las cantan y las transforman con su habilidad psicopompa en canciones de nostalgia, en gritos de socorro, y de alguna manera vuelven a mí a través de esos cantos melodiosos de mil aves invisibles pero presentes que entran por mis oídos y restablecen mi cordura. 

Tras el verano agotador, caótico pero necesario, necesito la soledad y la calma de este paseo. Dentro de mi lo que está roto busca este taller de mecánica mágica para reparar mis circuitos.  Poder volver a los brazos de la encina, que me espera impasible, es llegar a casa. Ahora la tarde empieza a caer, en el horizonte se ven nubes de tormenta que traerán un cambio de temperaturas por fin. Mis ojos cansados por tanta luz, tantas horas de sol, contemplan el majestuoso espectáculo de las nubes en evolución y dejan volar mis pensamientos perdidos en los colores y los reflejos y eso sana también mi mente saturada de colores y formas, llena de imágenes repetitivas que me colapsan y enervan. Los cierro (mis ojos) y retengo la imagen de esas nubes y su paleta de colores grises, violetas, anaranjados… es el reset que necesitan mis pupilas y mi mente para volver a ser yo, a estar tranquila, a reconocerme.

Y así con los oídos abiertos y los ojos cerrados me llegan los olores de las hierbas, las flores, las bayas… olores que invaden mi pecho, todo mi ser interior. Romero, tomillo, orégano, menta salvaje, hinojo, madreselva trepando por un tronco, bayas de saúco, frambuesas, algún madroño, hojas de pino, (por cierto, las piñas jóvenes están perfectas para hacer santasapina, las recogeré después de la lluvia), las moras maduraron antes este año, para la Luna Llena de agosto ya casi estaban pasadas por lo que no hice mermelada de enamorar, me queda algo del año pasado por si le hiciera falta a alguien… En este momento abro los ojos y confieso que me he perdido en mis pensamientos y mis recetas me han llevado a la cocina de mi madre y sus palabras. Me sonrío pensando en lo familiares que son para mi todos esos olores, esas plantas y hierbas que nadie me presentó pero que traigo integradas en mí y solapo mi imagen en mi cocina con la de mi madre y la la de su madre y la de su madre y así hasta el infinito mujer sobre mujer, madre sobre madre, no sustituyendo una sabiduría por otra, sino complementando una con otra por los siglos de los siglos, desde la cueva hasta el microondas.

Con mi pecho lleno de los olores balsámicos que curan mis llagas internas llega el momento de sentir en mi piel el tacto de este tronco que me transporta, el terapeuta por excelencia de mis malos momentos, de mis ratos oscuros y de conciencia rota. Mis brazos desnudos lo rodean, mis pies descalzos sienten el calor de la Tierra caliente por el sol y, aunque algunas piedrecitas y hojas se clavan en ellos, no me importa porque me recuerdan que estoy viva y siento las raíces del árbol y de las de todos los otros árboles, percibo el micelio, la red de comunicación perfecta, que me dice has vuelto, estás segura, estás en casa. Su mensaje es claro, me llega con pequeñas descargas de energía.” Abandona la crispación, fluye con nosotros, regresa a tu ser, a tu centro” y así lo hago y me dejo llevar en esa espiral de energía potente dulce y transformadora sabiendo que no me han de dejar caer que no estoy sola. Me rodea la vida, me sostiene mi estirpe. La Tierra es mi casa, a ella volveré nuevamente algún día y seré parte de ese misterio que hoy me acompaña. Una fuerza interior se apodera de mis huesos y me recorre un escalofrío que reafirma que soy parte de esa energía, que aunque esté lejos siempre me espera, que aunque no tenga tiempo material para conectarme a ella por la velocidad que la sociedad me impone, la vida siempre me espera. Siempre vuelvo a este paseo, a este bosque, a esta encina y sus plantas y animales amigos para cargar mis baterías y limpiar mis archivos de basura mundana y correo no deseado.

He despertado mis sentidos, adormecidos por el estrés veraniego un año más. El viento en las hojas, el trino de los pájaros. Los colores de la vegetación y el cielo otoñal. los olores perfumados de plantas y frutas. El tacto poderoso de la encina, su tronco rugoso y sabio, la resina pegajosa de los pinos y la Tierra caliente y dura. El dulzor de las moras que ya casi no hay, las bayas de saúco, que tan agridulces son como antiinflamatorias, con su característico olor negro rojizo. Recordad que si recogéis bayas o flores o corteza de saúco, hay que pedirle permiso tres veces, con una sola no vale, y agradecerle también tres veces.

Lo que me lleva a pensar íntimamente en la gratitud. A agradecer los días de sol, de trabajo, agradecer la salud, la siembra, la esperanza, la cosecha, los amigos, la familia, la inteligencia, un hogar, una pareja, una historia familiar. En definitiva agradecer la vida que nos impulsa a mover la rueda que nos trae nuevamente a este punto del año.

Me gustaría quedarme más tiempo aquí, acogida en este lugar de este bosque. En esta colina tan familiar como imaginaria, pero tengo que volver a la realidad absoluta de mi vida terrenal. Soy consciente de las horas que paso en esta saludable soledad que me devuelve la paz mental y me posiciona en mi lugar mundano. Bajar me cuesta tanto en la imaginación como en la vida real, prefiero subir. Parafraseando al poeta, “me gustan los mundos sutiles, ingrávidos y gentiles como pompas de jabón”. Eterno Antonio Machado.

Regreso a la realidad mundana en paz, con la nostalgia del paseo y el bosque. Pero sin pena porque siempre están ahí para mí. Son mi pequeña gran cosecha, para compartirla hoy con vosotros. Confío en que si subís alguna vez lo dejaréis todo como está. Listo por si alguien necesita ese rincón de calma para recomponerse.

Mabon es gratitud, reconocimiento de los propios logros y compartir la cosecha en comunidad. Mabon es el otoño de nuestros planes cumplidos o no. Es guardar lo conseguido y acomodarlo para poder disfrutar y descansar tras el esfuerzo. No ha sido fácil, pero ha sido.

Feliz equinoccio. Feliz Mabon. Feliz cosecha.

Mabon 2026                                                                                  Serpa

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