Primer Viaje al Helheim

La sensación de agobio que siento es brutal. Avanzo un paso, agarrada con manos y pies a la pared casi vertical. Una pared de consistencia limosa, pastosa. Mis dedos se agarran como pueden y entre ellos reptan insectos, y lombrices, que mis intentos desesperados despiertan. Es como arena, pero a la vez como barro. Me recuerda ominosamente a aquel chapapote que anegó las costas gallegas años ha. Y entonces pierdo el pie, resbalo y retrocedo esos pocos centímetros que había conseguido avanzar. No, no me rendiré. Levanto la vista. Todo a mi alrededor es oscuro, es gris. Recortado sobre el cielo negro, arriba del todo de aquella odiosa pared, negro sobre negro, los perfiles de un ser humano y un enorme can. Sé quiénes son. Ella, porque es mujer, es Modgud, la guerrera, guardiana y protectora del Helheim, y el perro es Garm, un ser abismal con la garganta chorreante de sangre. Sabueso y guardaespaldas de la diosa Hela.

No les temo, yo… No, miento, estoy terriblemente asustada. Pero debo seguir, debo conseguirlo. Sigo subiendo, a pesar de los resbalones, a pesar de avanzar un paso y retroceder dos. No sé cuánto tiempo ha pasado ya desde que entré en el bosque. Un bosque oscuro, retorcido, gris… caminé por él eternidades enteras. Siempre al norte y hacia abajo, como dicen las Eddas. Y llegué a una grieta, un inmenso precipicio, un roto en el mismísimo patrón del mundo. Era infranqueable, pero no me rendí. Bajé infinitud de quilómetros, a veces resbalando, a veces cayendo, a veces, las que menos, sobre mis propios pies. Y llegué abajo. Tan abajo que ni siquiera llegaba la luz de las estrellas. Atravesé la grieta mientras el barro del fondo succionaba mis pies, y empecé mi desesperado ascenso… hacia los infiernos.

Y ahora tengo miedo de llegar arriba. Miedo de la legendaria espada de Modgud, miedo de las inmisericordes mandíbulas de Garm, por eso ahora, cuando veo que poco a poco (demasiado poco a poco) voy ganando terreno a la cuesta, dejo de mirar hacia arriba. Tal vez duela menos el mandoble o la dentellada si no los veo venir. Pero mi mano se aferra al borde del precipicio, y nada doloroso sucede. Levanto la mirada mientras venzo los últimos centímetros y no veo a ninguno de los dos guardianes. Solamente veo un cielo hermoso, son dorados, naranjas y carmesíes sus colores, y su luz, aunque distante, es cálida y reconfortante. He dejado atrás el abismo para llegar a un bellísimo paraje vestido de un ocaso otoñal. Y digo bellísimo porque así es. Unos jardines, con unas fuentes, unos palacios, y unas verjas doradas. Hombres y mujeres pasean con tranquilidad, ancianos charlan en los bancos, niños juegan alrededor de la fuente de aguas claras. Hay personas vestidas de todas las edades de la humanidad, en armonía, sin discordar. Yo camino como guiada, tal vez por un recuerdo, o tal vez por un curioso instinto. Y llego entonces a lo que sé que es el Palacio de Hela.

No es un palacio de cuento, ni un hall vikingo, ni nada que hubiese podido imaginar antes de verlo. Es una mole orgánica, como el tronco inmenso y retorcido de un olivo milenario. Sus paredes son como de madera petrificada, y sus tonos van del marrón más oscuro al dorado más brillante. Refulge con esos rayos del sol moribundo que parecen no acabar de ponerse jamás. Al llegar a sus puertas, veo que estas están abiertas para mí. Tiemblo de nervios, de emoción. Mis ojos llorosos me hacen ver distorsionado el brillante pasillo por el que ando. Por sus paredes un líquido verdoso, como fosforescente, ilumina con una luz enferma e irreal el espacio. Y entonces, como en los sueños, me siento transportada, sin saber cómo he llegado, a un salón inmenso. Me recuerda (friki que soy) al comedor de Hogwarts. Me fijo que las mesas están servidas con riquísimas viandas, con jarras de un líquido dorado que me resulta apetecible después de todo mi periplo, y con panes, carnes y frutas de mil formas y colores. Aquellos que llegan a mi salón, no vuelven a sentir hambre o abandono. No sienten dolor ni añoranza. Solamente la paz les ronda, dice una voz. Es extraño, es una voz joven, femenina, pero a la vez anciana y cavernosa. Sé quién es.

Y tiemblo.

Tiemblo de emoción, lloro. Es ella. No la temo, su frío es amable, gozoso. Me quedo petrificada en aquel lugar, no me atrevo a mirar en la dirección de la que viene su voz. Espero largos segundos, el silencio me taladra los oídos. Me llama por mi nombre y este parece distinto dibujado con su voz. Siento un leve cosquilleo en mi hombro izquierdo, giro hacia él mis ojos y veo sus dedos esqueléticos. Una caricia firme, un escalofrío que me recorre toda la espina dorsal. Veo como el hueso blanco se matiza de unas vetas rojizas que aumentan y dibujan, como por arte de magia, músculos, y tendones, y luego venas y más tarde piel. Y su mano es tan humana ahora como la mía. ¿No te esperabas que mi mundo fuese un lugar acogedor? Me pregunta. Y yo no sé responder. Me atenaza la vergüenza. Es cierto ¿qué esperaba? Un lugar lúgubre como ese abismo que he cruzado, tal vez. Pero recuerdo como en la tradición se dice que Odín, al temer la muerte de su hijo favorito Balder, acude a Hela y ella le muestra sus mesas bien servidas para acogerlo con el mayor de los honores. Ella se muestra entonces ante mí. Su andar es elegante, lánguido, pero a la vez regio y poderoso. Viste una sencilla túnica negra, su capucha oscurece levemente su rostro. Es un poco más alta que yo, y la apariencia de sus facciones parece hablarme de una adolescente, difícilmente mayor de los quince o dieciséis años. Pero posee unos rasgos que me cuentan sobre el dolor, el pesar, y sobre un envejecimiento prematuro en su expresión. Su cabello negro apenas se intuye sobre su túnica. Y mientras la contemplo sus pómulos toman una tonalidad azulada, y luego verdosa, y luego todavía negra y amarillenta. Su piel se desprende, podrida, de su rostro y puedo ver en sus jirones de carne los amarillos gusanos devorando su festín. Su rostro al fin es solamente una calavera, pero al poco pequeños hilos de carne sobre el hueso se ensanchan y se convierten en músculo, y luego los tendones y los nervios toman forma. Veo su carótida crearse e hincharse de sangre fresca y viva, y sobre ella la piel se torna opaca y envuelve el músculo de nuevo de vida y belleza. Porque es hermosa. Muy hermosa.

Entiendo cada una de las muertes, porque muero mil veces cada segundo. Protejo a cada ser que ha muerto, porque la muerte es un duro trance, aunque solamente sea el parto del alma hacia su nueva vida. Cobijo a todos los seres, porque todos ellos son dignos de un asiento en mi mesa. Intento hablar, pero no puedo. Estoy emocionada y pienso cómo sería morir y renacer a cada momento. Siento su presencia, aunque quiera escapar de ella cerrando los ojos. Ella es el Helheim. El mundo de los muertos está creado por ella, desde su tremendamente amorosa y, a la vez, distante concepción de las cosas. Estoy en ella. Me acoge sin preguntar, sin juzgar. Pero sé que es estricta. Si no hubieses venido con el salvoconducto de mi padre, a estas alturas ya conocerías los colmillos de Garm. Dice, como si hubiese leído mis pensamientos. Es cierto, ha sido Loki quien me ha dado permiso para venir. Los vivos no pueden estar en el mundo de los muertos. Y tampoco los muertos con los vivos. Para mantener y cuidar ese orden el mismísimo Odín la eligió a ella. Ella, entre todos. Ella, la Diosa de la Muerte. No es un premio, me dice, de nuevo leyendo mi mente. Es una condena. En tiempos inmemoriales una vidente dijo a Odín que los hijos de Loki tendríamos la llave del Ragnarok. Odín hizo lo que pudo por apartarnos del destino de su gente. A mi hermano pequeño Fenrir lo encadenaron siendo inocente. A mi hermana Jörmundgander la lanzaron al mar, y pese a ello protege el mundo. A mí me condenaron al reino de los muertos. Pero padre es astuto y consiguió que nuestro cuarto hermano se convirtiese en imprescindible para Odín antes de saber que era hijo suyo. Así se salvó Sleipnir. Porque Odín ni siquiera perdonó a nuestros hermanos más inocentes, Narvi y Vali, a los que torturaron y mataron para herir a padre. Y si bien los hijos teníamos la llave, el cofre del Ragnarok (que se llama Venganza) se forjó en el corazón de padre, alimentado por los intentos de Odín de alejar su propio hado de si mismo. Ni siquiera los más poderosos pueden huir de su destino. Y el destino de muchos será, precisamente, este lugar.  

No es un lugar amargo, ni pesaroso. Me siento feliz de pensar que mis seres queridos reposarán allí, serán alimentados por Hela, protegidos por Modgud y Garm, y preservados de todo mal por el propio poder que destila aquel mundo. Me siento confortada, me siento en paz. No veo ya extraño el curioso devenir de vida y muerte en el propio cuerpo de Hela. Yo soy como ella. Todos somos como ella. En nuestro cuerpo conviven la vida y la muerte, porque una no puede existir sin la otra, pero la degradación que en la Diosa ocurre en segundos, a nosotros tardará toda nuestra vida en llegar. Pero al final llegará. Y yo estaré tranquila, pues algo de paz de este lugar habitará en mi corazón… hasta el momento en que me toque regresar.

Diosa Oscura, ilustración de Natica, Abuelito Muerdago

Extraído de mi diario de trabajo chamánico.

Luna Oscura de noviembre de 2014.

Primer viaje al Helheim.

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